Hoteles con sabor a estrella

A los hoteles hasta hace nada no se iba a comer. Ni a cenar. Sus restaurantes, no se sabe por qué poco atractivos, a menudo estaban limitados casi siempre a los clientes del hotel. Y para el resto, solía ser la última bala que quedaba en la recámara después de que el resto de alternativas se habían esfumado. Esta regla no escrita ha cambiado radicalmente en los últimos años. Los restaurantes de unos cuantos hoteles se han convertido en los mejores restaurantes de la ciudad (Wellington, Santceloni, Freixa, Orfila, Ritz…), que se rifan a renombrados chefs con los que ingresan en la sacrosanta guía Michelin. Ambos, hotel y restaurante, resultan ser una buena pareja, un buen complemento. “Es como un matrimonio”, apunta Ramón Freixa. “Pero, con una relación libre”. Por lo demás, la crisis la han notado ¿y quién no?, se preguntan, pero la sortean con bastante dignidad. El cliente extranjero compensa la huida del nacional. Aquí hablamos de establecimientos con encanto gastronómico. Hay muchos en la ciudad, estos son solo un ejemplo.

 Humor mediterráneo.  Ramón Freixa (dos estrellas Michelin) está encantado del espacio privilegiado que ocupa en el hotel boutique Único. “Es un patio de manzana ajardinado, como en otros puede ser una planta alta de un rascacielos con vistas o una fachada en una arteria importante como la Castellana. Sin el apoyo impagable del hotel para ocupan un lugar así tendríamos que repercutirlo en la factura y el cliente pagaría sumas estratosféricas”, cuenta. Su experiencia de tres años en el hotel Único (antes Selenza) “es genial”. Ramón Freixa Madrid es un recoleto espacio para 35 comensales ubicado en el edificio del un hotel boutique. Antes había asesorado en Barcelona otros hoteles como Avalon. Ahora prepara cambios en la nueva temporada: “Con vajillas divertidas”, platos especiales para los snacks… Siguiendo la tradición panadera de su padre, las masas son muy importantes en la cocina salada y dulce de Freixa. Los menús, con carnes y pescados de temporada y uno temático del mundo vegetal, van de los 75 a los 125 euros.

Platos fáciles de entender. La terraza del hotel boutique Urban aparece en el número 3 del listado mundial de “bares en altura con las mejores vistas” de la revista Conde Nast Traveler. Además de contemplar los tejados del Madrid de los Austrias se puede tapear jamón ibérico, comer ostras con champán o sushi combinado con cócteles y se puede cenar a borde de piscina en el Cielo del Urban. Es un complemento del restaurante gastronómico de la planta a pie de calle, Europa Déco. Está lleno de piezas de arte (tótems de Nueva Guinea Papúa, retratos y estampados chinos…) al igual que su hermano Villa Real (con mosaicos romanos), con bistró y coctelería East 47. Ambos hoteles pertenecen a Jordi Clos, fundador del museo egipcio de Barcelona, y en ambos es responsable de alimentación y bebidas Paco Patón, hasta hace poco en dúo gastronómico con Joaquín Felipe. La cocina se renovará, pero manteniendo la base de cocina mediterránea sofisticada. Los precios medios, entre 40 y 50 euros. “A la hora de estructurar la carta de un hotel, aun siendo gastronómica, has de disponer de platos sencillos, suaves y fáciles de entender para el cliente alojado, que se ve obligado a comer en el restaurante. Si no está lo que solicita se le hace todo aquello que nos demande, y si no lo tenemos lo buscamos”, dice Patón, que insiste en la profesionalidad del servicio estable.

Algo de romanticismo. El chef David Ruiz lleva cuatro años en el hotel Orfila, que se inauguró hace una década, y se declara “muy contento”. Antes ha pasado por los restaurantes Arturo, Café Oliver o Lur Maitea. Aquí lo que hace es “cocina clásica, pero actualizada”. Y en verano asegura que están a tope. El comedor es recoleto, con 10 mesas, y ocho en la terraza. Dice que hay gente que le llama para pedirle dos platos, unos callos “espectaculares” (21 euros), y pulpo a la brasa con patata asada con un filme del agua de la cocción “para potenciar el sabor” (18,20). El pescado siempre del día, que le mandan por Seur desde Cedeira, Galicia, o que compra en las Coruñesas en Madrid. El público es diverso, desde gente joven a celebrar algo, mucha pareja, (“a este hotel lo denominan romántico”) hasta gente madura.

Herencia catalana. En el restaurante Santceloni, vinculado al hotel Hesperia, el desaparecido Santi Santamaría trasplantó su cocina catalana de producto. Su herencia culinaria la mantiene el segoviano Oscar Velasco. “Cocina creativa, clásica y evolutiva”, define su trabajo. Además de conservar el famoso jarrete de ternera del maestro, demuestra su dominio de pescados y vegetales y, como buen segoviano, del cordero y el cochinillo. Los largos menús de este establecimiento, con dos estrellas Michelin y en la cadena del lujo Relais&Chateu, cuestan 150 y 180 euros. A la carta, los platos oscilan entre 40 y 69 euros. El estilo gastronómico mediterráneo y de tradición renovada se mantiene también dentro del hotel, en el restaurante La Manzana (con la mano del chef Esteban González) y se ha incorporado una barra de sushi, Hikari.

Cena en la biblioteca. El hotel Santo Mauro era un antiguo palacete del siglo XVIII del duque del mismo nombre en pleno corazón de Chamberí. Ahora es más conocido por ser el elegido de estrellas de otros firmamentos, como la pareja Beckham. Por algo los cubiertos y los bajo platos son de plata. El comedor principal es la antigua biblioteca del noble con siete mesas para más o menos 21 comensales. Todo muy discreto e íntimo. Pero para más intimidad está el comedor que ocupa lo que era la capilla, de una sola mesa que suelen reservar gente de negocios y políticos. Luego está el jardín con carpas en donde se puede comer y cenar a la carta (precio medio de 55 euros) o de una manera más informal, sándwich, hamburguesas o ensaladas (15 euros). El chef es Carlos Posadas y entre sus platos más solicitados están: el carpaccio de vieiras con puré de cebolleta, crema de huevas de pez volador y cortezas de ibérico (25 euros), rodaballo salvaje con crujiente de verduritas (31) y la tarta fina de manzana (9,50). En este hotel-restaurante presumen además de tener pastelero propio que hace el pan y la bollería todos los días.

Churros de remate. El restaurante Kabuki Wellington (una estrella Michelín) abrió en 2007 vinculado a este hotel histórico al lado del Retiro, en el barrio de Salamanca. Por eso se sienten unos privilegiados, porque además de los habituales el hotel aporta clientes. La cocina está a cargo de Ricardo Sanz, que fusiona la cocina japonesa con la española o mediterránea, y a veces rizando el rizo, con la castiza, como en ese postre mítico de los minichurros con chocolate (7,50) para rematar, por ejemplo, un sashimi de sardinas con migas manchegas, botarga y lardo italiano (29,70); o el nigiri de huevo frito con codorniz y trufa blanca (7,95) o el pan con tumaca de ventresca de toro (en lugar de jamón). La capacidad de este amplio restaurante minimalista es de 75 comensales y el tique medio de 85 euros.

Desde el cielo. Iván Sánchez, curtido en los fogones de Arzak y Martín Berasategui, cocina a 120 metros del suelo. Y a esa altura, con vistas a la sierra, degustan los comensales sus “platos tradicionales españoles refinados”. Desde hace dos años, el chef oficia en Volvoreta, el restaurante en la planta 30 del hotel Eurostars Madrid Tower. Y la cocina está abierta todos los días del año, comida y cena, con menús de 49 a 120 euros. Dentro de unos días estrenan carta, con platos como arroz meloso de ibérico con sepia, setas y olivas negras y pochas con bacalao y almejas de carril.

Historia, arte y brunch. El hotel Westin Palace cumple cien años. Las celebraciones han empezado. La música y la moda siguen aliadas con las noches y los brunch del domingo en los restaurantes La Rotonda y Asia Gallery. Pero quedan más. Y la dirección gastronómica la lleva el dos estrellas Diego Guerrero (Club Allard). Otro brunch señorial se desarrolla cada domingo en el restaurante Goya del Ritz, hotel que cuenta con la prestigiosa nariz de la sumiller Gemma Vela. Y a la comida-desayuno dominical ambientada con música también se disfruta en El Jardín, espacio gastronómico del hotel Intercontinental con José Luque como jefe de cocina, que suele invitar a chefs internacionales. La Antoñita es un restaurante de hotel nuevo en llegar a la escena gastronómica pero con la muralla cristiana de Madrid bajo sus cimientos: comparte el espacio abierto de la corrala de la restaurada Posada del Dragón, en la Cava Baja, y mantiene la fachada del antiguo espacio, una jabonería. Con aire de fonda moderna, ofrece cocina tradicional y de temporada en tapas y raciones largas (entre 15 y 25 euros); la especialidad son pimientos asados con bacalao marinado. Y con el arte contemporáneo (cada una de sus 12 plantas lleva la firma de un famoso diseñador) el hotel Silken Puerta de América mezcla cocina y copas del siglo XXI en sus restaurantes Lágrimas Negras y Mad y sus bares coctelerías Marmo y Skynight, este con espectaculares vistas urbanas.

 

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La fría generación de 2012

Es curioso que la lista de discos colectivos que intentan dar cuenta de lo que se mueve en las catacumbas de Madrid es más corta de lo que cabría imaginar. Al puñado ya existente hay que sumar Madrid está helado, un recopilatorio de 14 formaciones locales, tan minúsculas que no se sabe de dónde salen. “La escena independiente local se retroalimenta mucho y el método que usamos para seleccionar los grupos es muy natural. Para empezar, vamos a muchos directos de bandas minoritarias y descubrimos cosas que nos gustan. Además, programamos conciertos dos veces al mes, y eso nos obliga a buscar nuevos nombres. También recibimos maquetas en nuestra weby amigos nos recomiendan grupos que no conocíamos. Se trata de juntarlo todo”, dice Diana Cortecero, que es la mitad de La Fonoteca, un colectivo de dos que partió en 2008 de una web y se convirtió en pequeña promotora. En su faceta de sello edita este disco, el tercero de su catálogo.

Lo del indie local, más que retroalimentación, es endogamia. Cualquiera que se mueva en el ambiente madrileño identificará a músicos que provienen de otras bandas ligeramente más conocidas —Espiritusanto sale de Portonovo; en Compartir es Vivir aparece el ubicuo Raúl Querido y Coraje es el nuevo proyecto de un excomponente de Los Claveles—, o incluso a programadores de conciertos. Y eso que las notas biográficas de tres líneas y las fotos borrosas hacen imposible reconocer a muchos retratados. “Son bandas muy pequeñas, muchas recién nacidas. Es lo que ellas muestran de sí mismas”, justifica Cortecero, que no renuncia a dar cierta trascendencia a la selección, para que trascienda lo anecdótico. “Claro que no es la única escena. Si nos pusiéramos a buscar 14 bandas de hardcore,por ejemplo, seguro que salían, pero queremos poner en un paquete lo que pensamos que es más interesante de lo que se está haciendo en lo más underground de Madrid. Ese es el valor que puede tener. Y creemos que cuenta algo de lo que pasa”.

Cuando una selección la hacen dos personas, nunca se sabe si dice más del estado de ánimo de la escena que retrata o del de los editores. Pero si cabe sacar una conclusión, es que en la denostada por frívola escena indie, algunos son sensibles a la atmósfera general. “Salió así sin querer. Al repasar la lista nos dimos cuenta de que todos los grupos que teníamos apuntados estaban en una línea. Nuestro primer recopilatorio No te apures mamá solo es música pop, nos salió muchísimo más blandito. Y seguimos el mismo criterio de selección, fuimos a las mismas salas, hablamos con la misma gente. Este año es todo más oscuro, más áspero. Puede que por el contexto”.

Teniendo en cuenta que aquel primer disco se publicó hace solo año y medio, parece que en menos tiempo del que ha tardado en desplomarse el PIB, las canciones irritantemente infantiloides de grupitos como Rusos Blancos han dado paso a otras menos tontorronas. Tampoco es que sean revolucionarias, pero al menos aparentan hacerse cargo de en qué ciudad y en qué momento viven.

Y si realmente este fuera un muestreo de lo que se cuece en Madrid, habría que concluir que, a pesar de que la sombra de Los Planetas sigue siendo alargadísima, la escena local ha redescubierto la nueva ola oscura de principios de los ochenta. Seguramente nunca habrán oído hablar de Como Vivir En El Campo, Computadora, Coraje o Compartir es Vivir pero estos cuatro grupos incluidos en Madrid está helado tienen en común (aparte del uso de la C) que han desenterrado de la colección de discos de sus padres el sonido oscuro, al tiempo frío y apasionado, de Décima Víctima y Alphaville (los Alphaville españoles, no los alemanes de pelo cardado). De hecho, el título del recopilatorio es un homenaje a Moscú está helado, una canción de tecno gélido firmada por Esplendor Geométrico. En su momento, 1980, sonaba actual y osada, pero ahora es deliciosamente naif.

Siete de esas bandas presentarán el próximo sábado el disco en la sala Siroco. Un álbum que se puede escuchar de forma gratuita en la web de La Fonoteca, o comprar en una preciosa versión en vinilo transparente con portada del ilustrador Ricardo Cavolo, en una tirada limitada de 300 copias. Que estando a la venta desde junio, aún queden ejemplares disponibles no parece síntoma de una escena muy vital. “No estoy de acuerdo. Yo creo que las circunstancias son difíciles, pero hay muchísimo movimiento. Hay grupos, pequeñas salas, microsellos… es complicado, porque todo lo es, pero hay ganas de hacer cosas”.

Madrid está Helado se presenta el sábado 8 a las 21.30 en la sala Siroco. Actuarán Espiritusanto, Hielo en Varsovia, CVEEC, Tigres Leones, Coraje y Trajano!

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Fulgor y olvido de la movida viguesa

Fueron pocos, pero osados: los grupos de la movida viguesa gastaban un humor desvergonzado y socarrón, quizá para disimular ese punto de nostalgia atlántica que se entreve al fondo de sus canciones. Muchas siguen teniendo gracia y vigor: Y bailaré sobre tu tumba, de Siniestro Total, tercera de las que se interpretan en Galicia Caníbal, musical estrenado en el Nuevo Alcalá, está en la tradición irónico macabra de El ahorcado (cuplé de Martínez Abades que popularizó Raquel Meller) o del Rascayú de Bonet de San Pedro; los ripios de Assumpta (“Era una chica muy mona/ que vivía en Barcelona”), tienen una guasa muñozsequista; y Quiero rock’n roll, hermana en ironía de Bote de Colón, suena mejor en manos de estos músicos que en la versión de Aerolíneas Federales

Antón Reixa, Antela Cid y Fran Peleteiro, autores de Galicia caníbal, presentan las canciones de entonces a través de personajes de hoy. Su libreto cruza la historia de Cenicienta con la del Dybbuk: Ana, su protagonista, una adolescente tímida y solitaria, sufre un giro copernicano al ser poseída por el espíritu de su tía, estrella de la movida, la misma noche de su fallecimiento. Transfigurada, Ana, su hermano músico y una banda juvenil, versión actualizada de las de West Side Story, intentan organizar un concierto mientras van desgranando con fortuna lo más chispeante del repertorio de Siniestro Total, Golpes Bajos, Aerolíneas y Os Resentidos, más tres temas de Semen Up, Moncho e Mai-Los Sapoconchos y Los Limones.

En sintonía con el carácter de la mayoría de las letras, los libretistas han elegido la vía del sainete, de tanta tradición en el musical español, para hacer avanzar esta historia de choques generacionales ambientada en un Vigo golpeado por el paro. Su visión tiene un punto de vista levemente nostálgico (Pistol Marga, tía de Ana, es un dechado de virtudes viciosas): podrían haber señalado también como la movida distrajo a su generación de la política que se estaba cociendo. Los cinco jóvenes músicos de Galicia Canibal consiguen que no extrañemos a los de los grupos originales, los vocalistas salen airosos de los saltos de estilo que tienen que pegar (no es lo mismo cantar a lo Copini, y lo consiguen a veces, que a lo Hernández) y las coreografías actualizan el espíritu gamberro de la época. El público, doy fe, acaba bailando.

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Lejos del bullicio

1. Hotel Único. Es uno de los secretos de la ciudad. Un hotel boutique escondido en un palacete restaurado en pleno barrio de Salamanca y tiene un jardín fabuloso para tomarse algo antes de cenar en uno de mis restaurantes gourmet favorito de la capital: Ramón Freixa Madrid (Claudio Coello, 67).

 2. Tienda Ailanto. Por razones obvias es uno de mis lugares fetiche, que acabamos de abrir y está siendo un éxito. Es nuestra segunda boutique; la primera está en Barcelona, junto a nuestros cuarteles generales. Muchas clientas madrileñas nos pedían una tienda propia a pesar de que vendemos en otras multimarca. (Orellana 14).

3. Bocaito. Para cuando queremos convocar a amigos a una cena informal. Cada uno aparece cuando puede y mientras vamos picando desde unos calamares a unos huevos rotos. La dueña nos conoce y nos sentimos como en casa. Y pilla al lado de muchas de las coctelerías que nos gustan para tomar la primera copa de la noche. (Libertad, 6)

4. CaixaForum. Completa mis paseos por el Thyssen, el Reina y el Prado. Siempre hay alguna exposición interesante y su jardín vertical me fascina (mi hermano y yo somos amantes de las plantas y los jardines, Ailanto, de hecho es un tipo de árbol). La exposición de Henri Lartigue sirvió de inspiración a nuestra colección otoño-invierno 2011. Después, un paseo por las nuevas tiendas vintage de Huertas y aledaños es de lo que más me gusta. (Paseo del Prado, 36)

5. Santo. Cocina casera, pero creativa, el personal atento y sus caipiriñas… ¡maravillosas! Es de comfort food con toques brasileños (su chef Juliana Aguiar es de allí) al lado de Real (perfecto después de una ópera). Con servicio de take away con buenas ensaladas, embutidos… y vende cosas para la cocina. Muy cosy. (Caños del Peral, 9)

6. Museo de Artes Decorativas. Está un poco olvidado y eso es bueno (puedes pasear solo) y malo (perderse su interesantísima programación). He visto una sobre diseño gráfico español maravillosa y ahora está otra de diseño y arquitectura alemana a la que pienso ir. (Montalbán, 12)

7. Fundación Fernando de Castro. Lo descubrí hace poco para un evento de Ailanto. Tiene un patio espectacular donde tomar algo lejos del bullicio y unos salones, como de novela burguesa del XIX, donde me encantaría pasar una mañana leyendo. (San Mateo, 15)

8. Compañía Nacional de Danza. Sigo todos sus movimientos. Hicimos una colección inspirada en Pina Bausch, porque creo que su vinculación con la moda resulta muy interesante de explorar. Los estrenos de esta temporada con Mercat de les Flors tienen muy buena pinta y el trabajo de José Carlos Martínez muy interesante.

9. Poncelet Cheese bar. Es único por su diseño y especialidad: los quesos. Siempre a punto y bien afinados y con cartas muy completas que van desde los clásicos vascos de mi infancia a los montañeses y raros de Francia o los incontestables cremosos de Portugal. También tienen una tienda (Argensola, 27) que es donde empezó la aventura. (José Abascal, 61)

10. Batavia. Mi amigo Carlos Alonso es el dueño de esta tienda de decoración, lo mejorcito de Madrid. Desde muebles vintage escandinavos de los 50 hasta un antiquísimo aparador chino. Por no hablar de detalles como cojines, mantas, instrumental de cocina o un juego de platos vietnamitas con los que quedas de lujo en cualquier cumpleaños. (Serrano Anguita, 4)

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Locura barroca en San Lorenzo

¿Se imaginan un arpa con tres líneas de cuerdas? ¿O una viola que se toca sobre las rodillas? ¿O escuchar cómo sonaba una guitarra en los tiempos de Quevedo y Góngora? Asistir a un concierto basado en interpretaciones históricas es un viaje en el tiempo, y esa es la oferta que hace el Real Coliseo de Carlos III de San Lorenzo de El Escorial. Seis recitales rescatan aquellos sones barrocos durante el mes de septiembre en un ciclo organizado por la Comunidad de Madrid.

Si ya parece sugerente la propuesta de transportarnos al barroco por una noche, las obras y los instrumentos elegidos acercan el ambiente palaciego y religioso de la época de Bach, Marais y Telemann. El ciclo arranca esta noche con el concierto de la arpista italiana Mara Galassi, que trae un instrumento curioso y que poco tiene que ver con su descendiente actual. El arpa a tres órdenes —tres filas de cuerdas para dos manos— es una evolución del arpa con doble fila de cuerdas que se usaba en España. “Es como un piano y sus obras se basan en el repertorio romano de principios del siglo XVII. Hay muy pocas piezas escritas para arpa italiana a tres órdenes, pero su principal diferencia con el arpa con pedales posterior es su timbre y la calidad del sonido”, explica la arpista.

El próximo fin de semana le tocará el turno a Rafael Bonavita. Cargado con su guitarra barroca, llegará al Real Coliseo con piezas de Turina, Guerau y Sanz. Su propósito: hacer un recorrido lógico desde la música barroca al flamenco actual, en el que la guitarra es un pilar fundamental. También estará en el ciclo el violagambista Fahmi Alqhai, sevillano investigador de esos cruces entre el flamenco y la música antigua. Director del sólido grupo Accademia del Piacere, se presenta en San Lorenzo solo con su viola de gamba con obras de Hume, Marais y Sanz.

Para la segunda mitad del festival, habrá homenaje al que es uno de los padres de la música. Juan Sebastián Bach será el eje central de los tres últimos conciertos con obras que son por sí mismas hitos de la historia de la música. “Las Variaciones Goldberg son una obra maestra de la literatura clavecinística. La obra pretende ser un compendio de modalidades de escritura para el instrumento, pero también de las posibilidades del clave”, explica Tony Millán, que acaba de grabar las Variaciones y que llevará hasta San Lorenzo su propio clave, una réplica de otro de 1738 —tres años después se compusieron las Goldberg’—. El reto: el que tienen todas las interpretaciones históricas, que suene lo más parecido posible a cómo sonaron las obras cuando fueron compuestas. En esa misma línea se moverá el violonchelista Iagoba Fanlo, instrumentista de gran reputación internacional que se atreverá con las Suites para chelo de Bach, la obra que convirtió al hermano mediano de la cuerda en un instrumento solista por propios méritos. El ciclo concluirá el 29 de septiembre con el violín barroco de Stefano Montanari, primer violín de la prestigiosa orquesta barroca italiana Accademia Bizantina desde 1995. De nuevo obras de Bach pasadas por su expresivo arco, acompañadas de otras piezas de Telemann, Tartini o Biber. Un viaje al barroco que esconde un arduo trabajo de investigación previo casi tan complejo como el estudio con el instrumento, en el que cada nota conlleva un análisis histórico y artístico.

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Recordando el Concilio Vaticano II

El próximo 11 de octubre se cumplirán cincuenta años de la inauguración del Concilio Ecuménico Vaticano II, y me sorprende gratamente el gran número de artículos, conferencias y hasta cursos universitarios, con sus correspondientes mesas redondas y coloquios, que se dedican a recordar aquel acontecimiento. En todas estas ocasiones se comprueba que el tema del Concilio interesa tanto a los mayores como a los jóvenes.

A los mayores nos hace revivir el entusiasmo con que, no solo los católicos sino el mundo entero, recibimos el anuncio del evento y seguimos con gran esperanza su desarrollo. A las nuevas generaciones les cae bien la persona del buen Papa Juan y vibran con su profunda vivencia evangélica, su proyecto renovador y su optimismo ante la historia. Pero viejos y jóvenes nos preguntamos qué se hizo del Concilio. Recientemente, de camino a la Universitat Catalana d’Estiu de Prada de Conflent, para hablar precisamente del Vaticano II, tuve que atravesar la vasta zona del Alt Empordà asolada por los incendios, y me preguntaba si de aquel gran fuego del Espíritu Santo, el nuevo Pentecostés que profetizó Juan XXIII, también quedan ya solo cenizas.

Han transcurrido ya más de diez años desde que apareció la monumental Historia del Concilio Vaticano II dirigida por Giuseppe Alberigo y realizada por un equipo internacional en el que tuve el honor de participar, pero sigue siendo insustituible para un cabal conocimiento de aquel trascendental acontecimiento. Y subrayo lo de acontecimiento porque la primera característica de esta historia es que considera el estudio del acontecimiento conciliar tanto o más importante que la exégesis de los documentos finalmente aprobados.

Por el deseo de Pablo VI de alcanzar la mayor unanimidad posible y evitar una fractura en la Iglesia, los documentos conciliares fueron a menudo el resultado de un compromiso entre las dos tendencias presentes en la asamblea, la mayoría renovadora y la minoría conservadora. Escribía Alberigo en la introducción al primer volumen de su Historia: “Quedarse en una visión del Concilio como la suma de centenares de páginas de conclusiones — frecuentemente prolijas, a veces caducas— ha frenado hasta ahora la percepción de su significado más profundo de impulsó a la comunidad de los creyentes a aceptar la confrontación inquietante con la Palabra de Dios y con el misterio de la historia de los hombres”.

Los documentos promulgados por el Vaticano II pueden ser y de hecho en parte han sido preteridos, derogados o reemplazados por otras disposiciones de signo contrario. Piénsese, a modo de ejemplo, en la castración que ha sufrido el Sínodo de Obispos. Pablo VI lo creó para institucionalizar la corresponsabilidad episcopal que el Concilio había proclamado, pero con Juan Pablo VI les dicen a los obispos sinodales de qué tienen que tratar, les dan un documento de trabajo (instrumentum laboris) que ya prejuzga las respuestas, y encima las conclusiones del Sínodo se someten a revisión de la Curia. Y el nuevo Código de Derecho Canónico, que debería haber traducido a leyes la doctrina del Vaticano II, en muchos puntos la ha reinterpretado restrictivamente.

En cambio la historia es de suyo irreformable: nadie puede hacer que el Vaticano II no haya acontecido, o que Roncalli no haya existido. A eso hemos de agarrarnos para no perder la esperanza de que se reavive el fuego en las cenizas del Vaticano II.

Hilari Raguer es historiador y monje de Montserrat

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