El Estado recupera un salto de agua cedido hace 75 años

Parecía que el momento no iba a llegar. Que la recuperación por el Estado de las concesiones casi centenarias otorgadas a las eléctricas para explotar los ríos era una quimera. Pero ha ocurrido. El pasado 30 de julio, la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE), del Ministerio de Medio Ambiente, asumió la gestión —y los beneficios— del salto de El Pueyo, en el río Caldarés, en Panticosa (Huesca). La central fue construida en 1929 y desde entonces ha generado un fabuloso negocio para las eléctricas que lo han explotado (la última, Endesa). Hay cientos de concesiones hidroeléctricas que van a cumplir los 75 años —ampliables— próximamente.

En la era de la privatización, el presidente de la CHE, Xavier de Pedro, del Partido Aragonés (PAR), defiende que la gestión sea pública. “Hace casi 100 años comenzaron a hacerse grandes inversiones en presas cuyos beneficios ahora deben revertir a la sociedad. Esta es la primera de España, pero en la cuenca del Ebro a partir de ahora van a caer concesiones en cascada en los próximos 20 o 30 años que van a volver al Estado”. La próxima, el salto de La Afortunada Cinqueta, en un afluente del río Cinca, que gestiona Acciona, según De Pedro.

El negocio es formidable. El sistema de formación de precios de la electricidad hace que cada kilovatio producido por esta central construida en 1929 y cuyo combustible —el agua— es gratis lo cobre al mismo precio que el de una central de gas recién construida.

Octavio Escartín trabajó como mecánico en esa central y otras de la zona entre 1969 y 1999. “El túnel por el que baja el agua lo construyeron obreros a mano, con puntero y maza”, cuenta. En este caso no hay ni presa, y la central toma el agua de un lago, que por un túnel va a las turbinas. Eso hace que la producción sea casi constante y no dependa de los desembalses. “Aunque tiene pérdidas en el túnel, es muy rentable. Es como una hucha, porque en condiciones normales turbina las 24 horas y tiene solo un pequeño gasto en mantenimiento”.

La CHE ha contratado una empresa para que opere la central, que lleva un mes parada. El dinero se debe destinar a “la restitución económica y social de los territorios”, la restauración ambiental, la modernización de regadíos y las necesidades energéticas del organismo. La central produce unos 57 millones de kilovatios hora, el equivalente al consumo de 15.000 hogares. Pese a su pequeña potencia, la CHE estima que sus beneficios anuales rondan los 3,5 millones de euros, aunque ahora bajarán con la reforma energética. La concesión, de 2.500 litros por segundo, cumplió los 75 años en 2004, pero ha sido ahora cuando la CHE ha tramitado la caducidad. Mientras, Endesa, que no ha querido dar su versión, la ha seguido explotando.

El alcalde de Panticosa, Ricardo Laguna (PP), pide su parte: “Es una oportunidad para este tipo de pueblos en valles que nos despoblamos, pero los beneficios tienen que ir también para el Ayuntamiento”. Alega que parte de la central está en monte municipal y exige un porcentaje.

Pedro Brufao, presidente de la ONG Ríos con Vida, ha emprendido diversas campañas contra embalses y saltos hidroeléctricos que, en su opinión, han matado los ríos españoles. “El deber de la Administración debería ser demoler estas presas y recuperar los ríos”. En los últimos años, en EE UU ha habido demoliciones de presas gigantescas construidas hace un siglo por su impacto ambiental.

De Pedro dice que en algunos casos se puede discutir si el impacto ambiental es excesivo y buscar la demolición, pero que lo normal es que la situación esté asumida y no se llegue a eso. Por si acaso, en un real decreto aprobado en 2012 el Ministerio de Medio Ambiente incluyó una cautela por la cual puede exigir a las eléctricas la demolición de la obra si la “considerase inviable, o su mantenimiento resultase contrario al interés público”.

Por ahora, los saltos que van a revertir a la Administración no son grandes. La auténtica batalla vendrá cuando cumplan 75 años los grandes embalses construidos por Franco. Veremos si pierden las eléctricas.

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“Yo me veo muy fuerte, haya o no haya Juegos”

Ana Botella, alcaldesa de Madrid, sabe que no hay una fórmula mágica para ganar los Juegos pero sí muchas maneras diferentes de perder puntos. La candidatura española se esfuerza en estas horas finales en no cometer errores. En conversación telefónica desde Buenos Aires, Botella repite el argumentario de puntos fuertes, pero admite no tener ni idea de qué inclinará finalmente la balanza en un organismo tan heterogéneo e inescrutable como el Comité Olímpico Internacional. Y es consciente de que, además de ser una oportunidad crucial para la ciudad y el país entero, inmerso en una profunda crisis económica y de confianza, también ella se juega el sábado parte de su futuro político.

Pregunta. A Alberto Ruiz-Gallardón no le apasionaba el sueño olímpico cuando llegó a la alcaldía en 2003 y con el tiempo se convirtió en su abanderado más entusiasta. ¿Le ha ocurrido a usted lo mismo?

Respuesta. Yo ya tenía esa ilusión porque hemos concurrido en dos ocasiones antes y todos nos hemos ido encariñando con esa posibilidad. Y, además, hemos ido viendo como todas las infraestructuras que se iban planeando y construyendo a lo largo de los años eran coincidentes con hacer una ciudad que pudiera ser sede de los Juegos.

P. ¿Qué consejo le ha dado Gallardón para estos últimos días, que él vivió (y perdió) en dos ocasiones?

R. Alberto y yo hablamos con cierta frecuencia, nos ponemos mensajes… Pues que tranquilidad, yo creo que en cualquier situación de la vida lo que hay que tener es tranquilidad.

P. Gallardón asegura que, en junio de 2011, le pidió a usted que decidiera si debía o no intentarse por tercera vez. ¿Qué respondió usted?

R. (Ríe) Yo nunca cuento las conversaciones privadas…

P. ¿Qué papel ha tenido el Rey en el trabajo de la candidatura?

R. Nosotros le pedimos al Príncipe de Asturias que fuera presidente de honor y tuvimos la suerte de que aceptara. Es un plus, ha hecho un estupendo papel, como no podía ser de otra manera… Pero, además, se lo ha preparado, se lo ha trabajado, y es un orgullo tenerlo como presidente. Representa la ilusión de las nuevas generaciones por los Juegos, en un momento en el que la juventud lo está pasando muy mal. Creo sinceramente que los Juegos revitalizarían la economía, aunque no sean la panacea. Creo que necesitamos buenas noticias, necesitamos ilusiones compartidas, y los Juegos lo son.

P. ¿Y el papel del Rey?

R. El Rey, por supuesto, también ha echado una mano. La familia real siempre ha estado detrás de la candidatura, viajaron a Copenhague y Singapur, y su apoyo ha sido fundamental, sobre todo porque no es fácil encontrar dentro de las familias reales una que sea olímpica como la española.

P. ¿Cree que ganará Madrid? ¿Sí o no?

R. No lo sé. Me encantaría decir que sí pero no lo sé. Lo que sí sé es que la ciudad está preparada, que tenemos la suerte de que lo que se ha construido para los Juegos ya lo está disfrutando los madrileños. Nuestro legado olímpico es una riqueza que ya tenemos, fruto de la inversión de muchos años. Y los madrileños usarán esas infraestructuras haya o no haya Juegos.

P. ¿Teme más a Tokio o a Estambul?

R. Las dos ciudades tienen candidaturas muy buenas y unas características muy especiales. Nosotros trabajamos para vender las bondades de Madrid al mayor número de votantes del COI.

P. Conocemos las fortalezas del proyecto, pero ¿cuál es el punto débil de Madrid?

R. Sinceramente, creo que Madrid no tiene un punto débil que sea característico.

P. ¿Cree que la derrota de Madrid 2020 le causaría a usted daño político?

R. Ni me lo planteo. Seguiré trabajando el día después igual con Juegos que sin Juegos.

P. Ha sido un año y medio muy duro para usted: penurias económicas, la tragedia del Madrid Arena, fortísimos varapalos judiciales… ¿La victoria de Madrid 2020 sería un alivio para usted?

R. Sobre todo sería el cumplimiento de una ilusión de los madrileños, lo mío sería secundario. Yo procuro vivir las distintas situaciones con el mayor ánimo posible y tratando de superarlas. Este año ha sido difícil, pero infinitamente más difícil para otras muchas más personas que para mí, sobre todo para las familias de las víctimas del Madrid Arena.

P. La ciudad está obligada por el Ministerio de Hacienda a cumplir un plan de austeridad muy estricto, que además se endurece especialmente en los años en los que deberían realizarse las mayores inversiones olímpicas. ¿De dónde va a salir el dinero?

R. El Ayuntamiento tendría que invertir 75 millones de euros al año durante los siete que quedan…

P. ¿Y los tiene?

R. Según el plan de ajuste, en 2015 empieza a haber posibilidad de inversión. Pero, además, todos pensamos que la situación va a mejorar y que lo normal es que los ingresos mejoren en cuanto remonte la situación. Y creo que, de ser Madrid sede olímpica, la situación mejoraría.

P. Madrid 2020 precisa de al menos 1.700 millones, según el presupuesto inicial, pero la Caja Mágica costó más del doble de lo previsto (294 millones). ¿Cómo pueden estar seguros los ciudadanos de que no se repetirán esos sobrecostes?

R. Creo que eso hay que intentarlo por todos los medios. De todas las situaciones se tiene que aprender, y la crisis terrible que estamos viviendo tiene que servir para saber que hay que ser tremendamente estricto con los gastos.

P. Los Juegos coparán las inversiones en metro, ferrocarril y carreteras durante ocho años, pero los esfuerzos se limitarán a conectar mejor el área olímpica. ¿No saldrá el resto de la ciudad perjudicada? Hay zonas que igual necesitarían más ese esfuerzo inversor…

R. El corazón de los Juegos sería San Blas, que es un distrito que está en la media de la renta per capita de Madrid, pero hay eventos deportivos que se celebrarían en Vallecas o en Usera. Yo creo que los Juegos son reequilibradores. Creo que las inversiones de los últimos años han ido reequilibrando la ciudad, aunque haya aún diferencias, y creo que los Juegos contribuirán.

P. Se construirán dos o tres grandes pabellones cuyo uso deportivo en el futuro es más que dudoso. ¿Qué piensa hacer con ellos si ni siquiera es capaz de rentabilizar ahora la Caja Mágica o el Madrid Arena?

R. Todo tiene un proceso, un camino y una dirección. La Caja Mágica se hizo precisamente en Usera pensando en el reequilibrio de la ciudad, porque tendrá un efecto beneficioso para ese distrito. Es la mejor instalación de tenis del mundo, pero ha empezado a funcionar cuando la crisis era ya una evidencia. Todos esos lugares tienen un proceso: en un primer momento hay que darles contenido y ponerlos en el mercado. Ninguna instalación se utiliza desde el primer momento al 100%, y menos en esta situación de crisis. Todo necesita rodarse y mejorarse.

P. ¿Cree que hace falta un alcalde o alcaldesa fuerte, como lo fue Pascual Maragall en Barcelona 92, para conducir a la ciudad en este reto formidable?

R. Primero vamos a llegar al sábado.

P. ¿Usted lo es?

R. Yo me veo muy fuerte, haya o no haya Juegos.

P. ¿Cree que el movimiento olímpico debe servir para luchar por la igualdad de gais y lesbianas, como en su momento fue un símbolo contra el racismo?

R. Creo que, si hay un valor olímpico fundamental, es el del respeto y la libertad.

P. ¿Qué le han parecido las protestas contra las autoridades rusas en ese sentido en los recientes Mundiales de Atletismo?

R. Sobre eso ya se ha pronunciado el COI y no tengo mucho más que añadir.

P. ¿No cree que el movimiento olímpico podría ayudar en ese sentido?

R. Creo que el olimpismo ya está ayudando, tiene los grandes valores de igualdad y de justicia en su manera de actuar.

P. ¿Qué porcentaje hay de que gane Madrid el próximo sábado?

R. Una tercera parte. Me encantaría que tuviéramos el 100% de posibilidades, pero creo que es imposible hacer previsiones y, sobre todo, las previsiones no conducen a nada. Pero ya solo queda una semana.

from Portada de EL PAÍS http://elpais.com/deportes/2013/09/01/actualidad/1377987807_668579.html

Solo paga Brahim

Brahim Moussaten volvía a casa después de una dura jornada como peón de albañil cuando una decena de hombres se abalanzaron sobre él y le cubrieron la cabeza con una capucha negra. Pensó en ese momento que lo estaban secuestrando, pero eran policías y se trataba de un arresto. Él, su padre, su madre y uno de sus hermanos fueron detenidos. Pasaron cinco días incomunicados. Los acusaban de haber participado en los atentados de los trenes de Atocha del 11 de marzo de 2004, la mayor matanza terrorista que ha sufrido España. Esa acusación, que se demostró falsa, ha marcado su vida.

El joven marroquí tenía 21 años cuando comenzó su pesadilla, el 1 de febrero de 2005. Habían pasado solo 10 meses desde los atentados y el país estaba aún bajo sus efectos. No era fácil entonces ser marroquí en España. A pesar de todo, la familia Moussaten vivía tranquila. El padre, Allal, trabajaba desde hacía años como jardinero de una comunidad de propietarios que tenía plena confianza en él. Su madre, Safia Belhadj, ama de casa, cuidaba de la familia. Brahim era el hijo mayor, había llegado a España con 11 años y trabajaba en la construcción. Vivía con sus padres y sus seis hermanos en Leganés, el municipio madrileño en el que se habían suicidado siete terroristas 23 días después de la masacre de Atocha. Ninguno de los Moussaten había sido jamás detenido. Solo habían pisado una comisaría para tramitar su número de identificación de extranjeros (NIE).

Tras los arrestos, los padres quedaron en libertad con cargos. Brahim y su hermano Mohamed fueron encarcelados. Los tres varones de la familia perdieron el trabajo. Los jóvenes, por quedar en prisión. Al padre, Allal, lo echaron de inmediato. Nadie quería tener a un presunto terrorista cortando los rosales, aunque un juez lo hubiera excarcelado.

No se han recuperado. Ocho años después, Brahim está cada vez más desconcertado. A pesar de que se retiraron los cargos contra él durante el juicio, en 2007, a petición de todas las acusaciones, el Estado no ha querido indemnizarle por cuestiones jurídicas que no comprende. Lo único que sabe es que su vida se arruinó y que no solo no recibirá nada por los 168 días que pasó injustamente en prisión y en régimen de aislamiento, sino que acaban de embargarle 1.500 euros de la cuenta corriente para hacer frente a las costas del pleito en el que se metió para reclamar una compensación. El marroquí, de 29 años, ni siquiera quiere hablar del tema. Prefiere que sea su letrado, Eduardo García Peña, quien relate su historia. No quiere pensar ni un minuto más en el fatal azar que truncó su presente y su futuro y por el que ha sido tratado como un terrorista que nunca fue.

“Brahim ha vivido un infierno”, asegura su abogado. “No solo por la cárcel. Durante el juicio, toda España vio su rostro una y otra vez, por el lugar en el que le tocó sentarse. Para los españoles, era uno de los moros del 11-M. A él y a su familia los llamaron asesinos, y lo perdieron todo: amistades, cualquier posibilidad de trabajo… Los marroquíes, por otro lado, sospecharon de algún trato con la policía cuando se retiró la acusación contra él. No era cierto ni lo uno ni lo otro, pero el estigma aún permanece. Y nadie le va a indemnizar por ello”.

García Peña fue quien le asistió tras la detención como miembro del turno de oficio. Al principio creía que le ocultaba información. El sumario fue declarado secreto y él estaba convencido de que tenía que haber algo que su cliente no se lo contaba. “Pero Brahim insistía una y otra vez en que no entendía nada”, recuerda el letrado. “Se desesperaba y negaba cualquier relación con los atentados o con terroristas islamistas. Vivía el asunto como una película de terror. Cuando se levantó el secreto comprobé que no había pruebas en su contra”.

La policía acudió a la casa de los Moussaten buscando información sobre Yousef Belhadj, hermano de la madre de Brahim, que residía en Bélgica. Se sospechaba que había ayudado a alguno de los huidos tras el suicidio de la célula terrorista en Leganés. Uno de ellos, Mohamed Afala, había pedido a su hermano que fuera a la casa de los Moussaten para pedir el número de teléfono de Yousef. Este acudió y preguntó por Brahim, que no estaba en casa. Habló entonces con su hermano Mohamed. Los Moussaten no sabían para qué era el teléfono, ni que su tío —al que Brahim solo había visto tres o cuatro veces en su vida y que fue más tarde absuelto como inductor de los atentados, pero condenado a 12 años de cárcel por pertenencia a banda armada—, estaba siendo investigado. Pero ese momento cambió su destino.

Brahim pasó 168 días en prisión. Después quedó libre por escaso riesgo de fuga y, finalmente, en medio del juicio, la fiscalía y las acusaciones retiraron los cargos. Él siguió asistiendo al proceso para acompañar a su hermano pequeño, que fue absuelto. “Los dos hermanos estaban en libertad cuando comenzó el juicio, y cada mañana llegaban en metro al pabellón de la Casa de Campo (donde se celebró la vista)”, recuerda el abogado. “Iban aterrorizados. Les preocupaba coincidir con las víctimas. Eran momentos muy tensos y llegaron a recibir amenazas e insultos. El juicio, además, supuso un drama económico. Ellos eran el sustento de la familia y no podían trabajar. Pasaron ocho horas al día allí metidos durante los cinco meses que duró el juicio”.

Cuando todo terminó, sus problemas no habían hecho más que empezar. La familia Moussaten montó una frutería, pero no funcionó. Les intentaron pegar, les hicieron pintadas… Brahim perdió a sus amigos españoles y marroquíes y cualquier oportunidad laboral. Años después, sus problemas económicos continúan. Por eso pidió una indemnización. Creyó que, ya que la vida le había puesto una zancadilla, justo era que alguien le ayudara a levantarse.

“Yo se lo recomendé porque su caso era casi de manual”, dice García Peña. Él y su compañera Beatriz Aranda pidieron una indemnización de 1,2 millones de euros que la Audiencia Nacional no concedió. El Supremo también la denegó. Y tanto el Constitucional como el Tribunal de Estrasburgo han inadmitido los recursos sin entrar en el fondo del asunto.

El Supremo considera que solo son merecedores de indemnización los presos injustamente encarcelados cuando no ha habido delito o cuando ha existido un error judicial “indudable, patente, incontrovertible y objetivo”, algo muy difícil de probar. En este caso, la justicia considera que sí hubo delito: la matanza de Atocha.

“Pero a Brahim no se le acusaba de atentado terrorista, sino de colaboración con banda armada, de forma que yo creo que el delito no existe porque el acto de colaboración no se produjo”, defiende su letrado. “En todo caso, y al margen de consideraciones jurídicas, es normal que él no entienda nada. Lo único que sabe es que ha sufrido una absoluta injusticia que le arrancó la vida a los 21 años y que, encima, le niegan una indemnización”. El Supremo, además, le condenó a pagar las costas del proceso. Antes del verano, a Brahim, en paro, le embargaron lo único que tenía en la cuenta: 1.500 euros que necesitaba para su familia. Su vida se ha convertido en una sucesión de zancadillas. Por eso no quiere ni hablar.

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Mondoñedo es Cunqueiro

Escribió Juan Cueto en febrero de 1982, al año de la muerte de Álvaro Cunqueiro: “Mondoñedo ya no existe”. Todo había sido un espejismo literario “que se desploma cuando falta el narrador”. Ahora, continuaba Cueto, Mondoñedo “solo es ciudad de carne y hueso, piedra y cementerio, ferias de San Lucas y relojeros”.

Pero el Mondoñedo que le dio música a Cunqueiro, ese Macondo gallego tan vivo o tan ficticio como el país literario de García Márquez, con la misma intensidad que el Comala de Rulfo, ese Mondoñedo está metido en los huesos más secretos de la región inventada por su ilustre habitante.

Desde el cementerio donde yace hasta la casa que daba a la selva, y a la selva de su escritura, ahí está Cunqueiro, mirando con sus gafas grandes sobre la nariz ganchuda, sus manos apoyadas en el bastón con el que combatió los males de su precipitada vejez.

Ya no existe Mondoñedo con Cunqueiro. Pero Cunqueiro es una república aparte. Él es Mondoñedo, fue ciudad, valle, una selva literaria. Está, se aparece en las paredes que han dejado pasar el tiempo para convertirse en émulos de los paisajes finales de su amado Turner.

Las calles ya no acogen a Cunqueiro, aunque su nombre —y sus gafas— esté en todas partes, pero por aquí camina su literatura, se posa en la selva y en el musgo y da tanto gusto leerla como a él le dio escribirla. Está la casa natal y está la casa vital, donde pasó años mirando la selva.

Está la acera de sus paseos, el musgo; el hijo, César, que fue notario, y ahora es lingüista, narrador y poeta, dice que su padre lo llevaba por el pueblo, le hablaba de lo que pasaba en el país y más allá; era divertido y ocurrente, pero no llevaba consigo el equipaje de lo que luego se le ocurría en su escritorio iluminado por una de las imaginaciones más fértiles de la literatura del siglo XX.

En un recodo, mientras el hijo recuerda esos paseos, hay una puerta abierta a la nada, y detrás, bosque. Le digo que ahí su padre hubiera encontrado el espacio para mil leyendas. “No te quepa duda”. Lo boscoso, el misterio, el musgo que (dice Luis Cochón, profesor, escritor, cunqueiriano muy ilustre, que viene con nosotros) es la sustancia misma de la obra del autor de El hombre que se parecía a Orestes, te salen aquí al encuentro como si el propio Cunqueiro estuviera conduciendo aún el paisaje que se encontró de niño.

Otro César, el poeta César Antonio Molina, que seleccionó textos suyos y escribió mucho sobre Cunqueiro, al que se le debe la insistencia que durante años mantuvo vivo en librerías la obra diversa de su paisano, me había avisado: vete al cementerio. No te pierdas, me dijo, ese mundo que lo despidió, esa lápida. Ahora ese cementerio es un camposanto romántico en uno de cuyos nichos, arriba, está Cunqueiro diciendo que si alguien quisiera hacerle elogio, en la tumba tendría que poner “Aquí yace alguien que con su obra hizo que Galicia durase mil primaveras más”. Y eso dice, en gallego, una lápida que le da sentido a lo que ocurre alrededor, el silencio que habita su obra llena de resonancias marinas y de oquedades de la tierra.

Mondoñedo ya no existe o es otro sin Cunqueiro. Hay que buscarlo en las piedras y en los libros. César y Luis me señalan las paredes, que se parecen a las que el pintor José Hernández vio en los alrededores de la casa de Juan Rulfo, en Jalapa (México), o en aquellas nubes oscuras de Turner. Y para celebrar el Mondoñedo al que miraba Cunqueiro apuntan al musgo de los tejados. “Ver esas flores amarillas en la primavera sobre la pizarra es un espectáculo maravilloso”. Este hombre que nos sirve un refresco lo vio pasear por esta calle que se llamó como el dictador gallego y que ahora tiene el nombre de Alfonso VII, vete a saber por qué. Él sabe que Cunqueiro era “buena persona; la pena es que se marchó”. Pero está en todas partes. Ahora las tartas, hasta las recetas de cocina (y nunca escribió una receta, dice el hijo), llevan su nombre. Era, dice Luis, un vecino raro, apreciado por la gente. “Él decía que podía entrar hasta la cocina en todas las casas de Mondoñedo”. Y aquí, decía Álvaro, “hasta los locos me llaman de tú”.

Aparte de su estudio, donde la imaginación era más importante que los libros, hay un espacio real, e ideal, en el que se forjó la imponente recreación del mundo que acometió Cunqueiro y que recibe, entre otros, el nombre ficticio de Mondoñedo. Es, me señala Luis Cochón, la explanada del seminario, donde estuvo el mercado, esa conjunción de latines que escuchaba el escritor al tiempo que oía la voz de la calle. “De esa combinación entre la sabiduría y el sabor popular está hecha su obra”. “As tristes ruas, a ancha praza, a casa…”. Ahí escribía, pero el mundo era la selva, a su amparo nació la obra que ahora da sentido a la existencia de Mondoñedo, la ciudad “rica en pan, en aguas y en latín”.

Le pregunté también a César Morán, poeta y músico, que escribió una tesis sobre Cunqueiro y que fue el último que lo entrevistó, qué es el escritor en relación con Mondoñedo. “Un árbol, un árbol de la selva. Mondoñedo es una paráfrasis de Cunqueiro”. El paraíso que nunca perdió. La melancolía y la alegría. Se consideraba, dice el hijo César, caminando ante la catedral, “feo, católico y sentimental, como Bradomín”. Un hombre que no soportaba la pedantería y que era capaz de pasear y leer al mismo tiempo. Al final de su vida, atacado por una diabetes que no quiso mirarse, abrazó la vida. “Si tengo que comer lechugas, prefiero morir”. Para él no había tiempo futuro: todo estaba en tiempo presente, esa puerta que da paso a la oscuridad podía llevarlo a inventar una historia que relacionara lo medieval con la camelia que veía nacer en ese instante. Era, comenta Luis, “una mezcla de saberes sacerdotales y la cultura del mercado”. Y tiene razón Cueto: sin Cunqueiro, Mondoñedo no sería la ficción literaria que construyó este hombre de nariz ganchuda y ojos melancólicos. ¿Y si volviera ahora, Luis, reconocería su ciudad? “Como la palma de la mano. El mismo musgo en los tejados. La misma historia”. Y escribe pausadamente, en lo blanco de la mancheta de EL PAÍS, esta frase que él recuerda de Cunqueiro: “Yo hubiera querido escribir la historia de mi ciudad como hizo Thomas Mann en Los Buddenbrook”.

from Portada de EL PAÍS http://elpais.com/cultura/2013/08/28/actualidad/1377701503_918415.html