Las empresas salen de pesca

“Las operaciones de guerra requieren mil cuadrigas de cuatro caballos veloces, mil carros de cuatro caballos cubiertos de cuero y cien mil hombres con cota de malla”. La competencia empresarial se asemeja en cierto sentido a una batalla. Hay que ganar tamaño para tener opciones de victoria. Por eso, El arte de la guerra, escrito por Sun Tzu, se estudia en algunas escuelas de negocios. Es probable que los directivos de muchas empresas estén releyendo ahora los consejos sobre estrategia miliar reunidos en este milenario tratado. ¿Por qué? Porque los tambores de guerra vuelven a sonar. Así lo demuestra el importante auge de las operaciones de fusiones y adquisiciones (M&A, por sus siglas en inglés) en 2014.

En los cuatro primeros meses del año se presentaron ofertas en todo el mundo por valor de 1,11 billones de dólares (unos 810.000 millones de euros), según datos de Thompson Reuters. Esta cifra es un 50% superior a la registrada en el mismo periodo de 2013. Si este ritmo continúa en lo que resta de año, posibilidad que los expertos consultados ven muy probable, en 2014 el volumen total por la actividad de M&A rondará los 3,5 billones de dólares. Esta suma supone volver a niveles no vistos desde 2007, es decir, a niveles previos a la crisis.

“El auge de las operaciones corporativas tiene un claro componente cíclico y es un buen termómetro del crecimiento económico mundial”, observa César Fernández, profesor del máster en Corporate Finance del Instituto de Estudios Bursátiles. “Es resultado del renovado optimismo empresarial”, corroboran desde la gestora de fondos Legg Mason, “aunque también podría sugerir que el crecimiento orgánico, es decir, el que generan los negocios tradicionales de las compañías, sigue siendo difícil de lograr y una herramienta para conseguirlo son las adquisiciones”.

La actividad de M&A es muy cíclica, pero en este momento coinciden además una serie de factores que han creado un caldo de cultivo ideal para este tipo de movimientos. Solo así se explican los tratos tan voluminosos que se están sellando. En 2014, según datos recopilados por Bloomberg, se han anunciado cerca de 15 operaciones valoradas en más de 10.000 millones de dólares. La oferta de Pfizer por AstraZeneca, retirada finalmente por falta de acuerdo, era de 124.000 millones; la absorción de Time Warner por parte de Comcast es una operación de 68.000 millones; la unión entre Lafarge y Holcim crea un grupo valorado en 40.000 millones; Facebook se hace con WhatsApp tras desembolsar 18.000 millones entre efectivo y acciones…

“El coste de capital está en niveles históricamente bajos. Existe la sensación de que los tipos de interés empezarán a subir en el futuro no muy lejano, sobre todo en EE UU, lo que hace que la decisión sobre algunas transacciones se acelere para evitar el encarecimiento de los costes financieros si se realizan en un momento posterior”, explica Olaf Díaz-Pintado, socio director general de banca de inversión de Goldman Sachs en España. “Hay que añadir otros tres factores que están fomentando la proliferación de operaciones de M&A: en primer lugar, el nivel de confianza de los consejeros delegados ha aumentado notablemente en los últimos 12 meses. En segundo lugar, las empresas se han desapalancado y muchas de ellas acumulan caja en balance. Por último, el acceso a financiación en cantidades importantes ha dejado de ser un obstáculo para plantear operaciones grandes en caja, como se ha visto en algunas transacciones en las que se han levantado en pocos días decenas de miles de millones de financiación”, añade Díaz-Pintado.

En lo que va de año han aumentado de forma significativa las operaciones entre compañías de diferentes países. Los tratos cross border, como se les denomina en la jerga financiera, supusieron el 32% de todos movimientos de M&A en el primer trimestre del año, según Thompson Reuters. Entre enero y marzo se anunciaron ofertas trasnacionales valoradas en 245.000 millones de dólares, un 86% más que en el mismo periodo del año anterior. En esta batalla empresarial global llevan la voz cantante las compañías estadounidenses. En su caso, además de por todos los factores descritos anteriormente, hay un motivo adicional para salir de compras fuera de su mercado local: ahorrarse impuestos.

“En los últimos años, muchas empresas estadounidenses han acumulado en caja importantes sumas de dinero. Gran parte de ese excedente está en el exterior y los consejos de administración deben decidir si repatriarlo para repartir dividendos o recomprar acciones, con el consiguiente coste fiscal, o utilizarlo para crecer mediante adquisiciones”, explica Jorge Vasallo, de Arcano Corporate.

En algunos sectores se dan necesidades concretas de concentración. Farmacia y telecomunicaciones son algunas de las áreas más activas en M&A en lo que va de año. En el caso de las farmacéuticas, los expertos creen que el bum se debe al hecho de que estas compañías dependen de la vida media de sus fármacos estrella. En la medida en que las patentes llegan a su fin, aquellas empresas que no tienen en cartera productos con un grado avanzado de desarrollo se ven obligadas a pujar por rivales que sí los tienen. Este año, Actavis ha comprado Forest Laboratories, Bayer se ha hecho con la división de cuidado personal de Merck, mientras que Novartis ha adquirido a GlaxoSmithKline su negocio oncológico, entre otras operaciones.

Por su parte, los movimientos entre las telecos responden a la excesiva fragmentación del mercado en muchos países, a la necesidad de ganar tamaño para lograr sinergias y ahorros de costes y al interés por entrar en actividades como el cable, la fibra o los contenidos. Entre las operaciones recientes destacan la compra de DirecTV por parte de AT&T o la adquisición de Ono por Vodafone.

También es significativo el frenesí de tratos en el sector tecnológico. Esta misma semana, por ejemplo, se confirmaba la compra de Beats Electronics por Apple. Desde enero, las empresas de tecnología han realizado operaciones por valor de 102.500 millones de dólares. Esta cantidad supone un incremento interanual del 67% y es el mayor volumen de M&A en este sector en los cinco primeros meses del año desde 2000, en plena burbuja tecnológica.

“Estamos presenciando una acumulación de operaciones que no se habían podido realizar en los últimos años”, argumentan desde el área de banca de inversión de Bank of America Merrill Lynch. “Empresas con potencial de crecimiento orgánico limitado necesitan crecer a través de las operaciones de M&A. De hecho, este aspecto es muy relevante en Europa, donde la falta de pricing power [capacidad para fijar precios] y las tendencias deflacionistas llevan a que el canal de fusiones y adquisiciones sea la única forma de crecer”, añaden los expertos del banco estadounidense.

La primera opción para cualquier gestor es cerrar la compra de un rival de forma amistosa porque las operaciones hostiles son las más difíciles de ejecutar. En este sentido destaca el repunte de las opas no pactadas en los últimos meses, circunstancia que muchos miembros del mercado dicen que es una clara señal de confianza de las empresas en sus fortalezas. El volumen de ofertas hostiles en 2014 supone el 7% del total de la actividad de M&A en el mundo y es el más alto desde 2007, según Thompson Reuters.

“Los elevados múltiplos en Bolsa llevan implícitos unos crecimientos operativos que en muchos casos son imposibles de conseguir si no se buscan compras que generen sinergias. Para bastantes compañías está siendo la primera ocasión en mucho tiempo en la que los mercados les dan la posibilidad de comprarse un competidor directo”, señala Álvaro Revuelta, managing director de banca de inversión de Citi en España.

El auge de las operaciones de compra está destapando también tics proteccionistas, especialmente en Europa. Esta misma semana, en un gesto poco habitual para uno de los emblemas del capitalismo estadounidense como es General Electric, su consejero delegado, Jeffrey Immelt, viajó hasta París para reunirse con el presidente francés, François Hollande, con el objetivo de convencerle de las bondades de la oferta de su compañía sobre el negocio de energía de Alstom. En un primer momento, al Gobierno francés no le gustó la propuesta y buscó una salida europea con Siemens de aliado. La conversación en el palacio del Elíseo y las promesas sobre empleo, inversiones e independencia energética le han devuelto a General Electric alguna esperanza de llevar a buen puerto su oferta. En el caso de la fallida oferta de Pfizer por AstraZeneca también hubo un trasfondo político, y el Gobierno británico —la empresa opada tiene su sede en Londres— también recibió presiones por ambas partes, con carta incluida del presidente de Pfizer al 10 de Downing Street.

“El proteccionismo es algo innato al concepto de soberanía. Desde un plano teórico podemos hablar de empresas europeas, pero en la práctica las compañías siguen siendo, sobre todo en sectores estratégicos, francesas, italianas o españolas. Por eso los Gobiernos suelen poner resistencia a que las joyas de la corona caigan en manos extranjeras”, apunta Tomás Dagá, socio director del despacho Osborne Clarke, especializado en fusiones y adquisiciones.

Los expertos están convencidos de que la actividad de M&A va a continuar en los próximos meses. En su opinión, se van a mantener las condiciones de liquidez, facilidad en el acceso a la financiación y necesidad de consolidación en determinados sectores que están ejerciendo como catalizadores. Además, se espera mucho más de un sospechoso habitual de este tipo de operaciones como es el capital riesgo. Es cierto que el private equity ha protagonizado movimientos este año, pero su peso sobre el volumen global de fusiones y adquisiciones sigue por debajo de su media histórica. Este tipo de fondos compra una empresa, la reestructura y la vende en un plazo de tiempo que no suele superar los ocho años. La crisis congeló muchas de estas desinversiones y ahora, con la reapertura del mercado, se ha abierto una ventana de liquidez, por lo que deberían empezar a concretarse tratos. Goldman Sachs calcula que hay inversiones del capital riesgo en el mundo por valor de medio billón de dólares que buscan comprador. Además, el private equity también debería actuar de motor del M&A desde el lado de las compras, ya que en los últimos meses han levantado fondos por un valor cercano a los 400.000 millones, aunque, como estos inversores suelen operar muy apalancados, la potencia de tiro del sector para adquisiciones alcanzaría el billón de dólares.

“En España hemos invertido incluso en los años más duros de la crisis y pensamos seguir haciéndolo en la medida en que surjan oportunidades. La economía mejora, hay menor volatilidad y eso es positivo tanto para compradores como para vendedores. Para los primeros, porque la situación les permite hacer previsiones para determinar si una adquisición será rentable o no. En cuanto a los vendedores, los precios de los activos han subido y eso anima las operaciones porque se puede obtener valoraciones que se acercan más a la que ellos esperan, dice Alex Wagenberg, socio director en España del gigante del capital riesgo mundial Carlyle.

También hay un renovado interés del capital riesgo especializado en compañías de menor tamaño no cotizadas. “En el mundo del private equity, las operaciones más rentables son aquellas que se hacen en las fases finales de una crisis”, reconoce Félix Guerrero, socio director de GED. “Se elegirán principalmente aquellas empresas con proyectos sólidos, vocación internacional y potencial de crecimiento”, añade Guerrero.

En los últimos años, los movimientos de M&A que se daban en España tenían un carácter eminentemente defensivo. Por ejemplo, la reestructuración del sistema financiero o la desinversión de activos por parte de multinacionales españolas para reducir su endeudamiento. Sin embargo, los expertos aprecian que la tendencia ha cambiado, y los directivos empiezan a estudiar oportunidades de compra para crecer.

“España es un mercado muy atractivo para los inversores y sus empresas tienen mucho interés fuera de España por el éxito de sus productos, la calidad del equipo gestor y la manera en la que han sorteado la crisis. No sería de extrañar que los movimientos corporativos protagonizados por empresas clave en otros países europeos tuvieran su reflejo en operaciones similares en España”, asegura Álvaro Revuelta, de Citi.

En este sentido, los expertos no descartan que alguna gran compañía española reciba una opa hostil. “Hay empresas que cotizan, que tienen buenos negocios y están baratas. Al mismo tiempo, fuera de España hay gestores de grandes multinacionales que están sentados sobre una montaña de dinero y deben ponerlo a funcionar”, asegura Tomás Gavá, de Osborne Clarke.

Los consejos de administración tienen muy en cuenta cómo reacciona el mercado cuando se anuncia la compra de una empresa. Tienen pánico a que los inversores reaccionen mal. En este sentido, la evolución de las acciones de las empresas compradoras el día después de lanzar el ataque sobre un rival empieza a ser alcista. Es decir, a las Bolsas les empieza a ir la marcha, y eso que la prima promedio que se está pagando en 2014 por operaciones de M&A supera el 20%, según datos de Bloomberg.

Los que se frotan las manos con el repunte de los movimientos corporativos son los bancos de inversión. Las entidades que ayudan a una compañía a hacerse con un rival no solo cobran comisiones por ese cometido, sino que luego ofrecen a su cliente toda una gama de servicios para el día después de la adquisición: búsqueda de sinergias, ahorro de costes, refinanciación… En 2014, los bancos de inversión han recibido solo en comisiones por aquellas operaciones que se han cerrado con éxito 5.600 millones.

En pleno frenesí de fusiones y adquisiciones, convendrá preguntarse hasta qué punto estos movimientos agresivos crean valor a largo plazo para los accionistas. En la historia reciente hay resultados para todos los gustos. Está el desastre de las bodas entre inmobiliarias o el trampolín de crecimiento que encontró Grifols con Talecris, por poner dos ejemplos extremos. “La generación o destrucción de valor en transacciones de M&A depende de cada caso y es difícil generalizar. El éxito depende no solo de la fijación del precio adecuado de una compañía, sino también de la ejecución profesional de la compraventa y de la gestión del día después de la adquisición”, según Díaz-Pintado.

Una guerra, como una opa, no es para generales novatos y, como recuerda Sun Tzu, hay que calibrar sus consecuencias: “Cuando se convoca a un ejército de cien mil y se lo envía a una campaña distante, los gastos que sufragarán el pueblo y el tesoro del Estado sumarán las mil piezas de oro al día. Tanto en el exterior como en el interior del país se vivirá una agitación constante y afectará a la vida de miles de hogares”.

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El Consejo Fiscal pide respetar la decisión de abortar de las menores

El borrador de informe elaborado por el Consejo Fiscal sobre el anteproyecto de ley del aborto avala el texto del Ministerio de Justicia, pero introduce matices. Algunos para endurecerlo; otros para suavizarlo. El Consejo no llega a proponer que se recupere en la ley el supuesto legal de aborto por malformación fetal, aunque invita al Gobierno a “reflexionar” sobre ello. Y sí se manifiesta claramente en contra de otra cuestión: la que obliga a las menores de 16 y 17 años a dejar en manos de un juez la autorización para abortar cuando haya conflicto con los padres. El Consejo Fiscal cree que debe ser la menor quien decida.

Una vez pasadas las elecciones europeas, los informes que el Ministerio de Justicia pidió a distintos organismos oficiales sobre su anteproyecto de ley del aborto, y que llevan cinco meses parados, han empezado a llegar. Eso podría llevar al Gobierno a aprobar la ley en segunda vuelta —e iniciar el definitivo trámite parlamentario— justo antes de las vacaciones de verano. Los informes no son vinculantes, aunque el ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, ha dicho que los tendrá en cuenta.

El pleno del Consejo General del Poder Judicial iba a debatir el suyo, que ya está ultimado, la próxima semana, aunque ha pedido otro aplazamiento. El lunes lo hará el Consejo Fiscal —órgano que asiste al Fiscal General del Estado—, a cuyo borrador de informe a tenido acceso EL PAÍS. Estas son sus conclusiones:

» Supuesto de malformación: “susceptible de debate”. El informe asume que la ley elaborada por el ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, es “notablemente más restrictiva” que la de 1985, que también era de supuestos. Principalmente porque elimina el supuesto de aborto por malformación fetal, que ha existido en España durante los últimos 30 años. El Consejo Fiscal no pide expresamente que se recupere ese supuesto —y de hecho sostiene que eliminarlo es plenamente constitucional—, pero sí cree que el Gobierno podría “reflexionar” sobre ello.

El ministro Gallardón se ha escudado, para justificar la eliminación del supuesto, en la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, que pide no discriminar a las personas discapacitadas. Pero el Consejo Fiscal señala que es “discutible” que esa convención “pretenda una interdicción [prohibición] general” del aborto por malformación fetal. Recuerda, por ejemplo, que muchos de los países que han firmado ese convenio, entre ellos los de la UE, autorizan el llamado aborto eugenésico, “sin que se haya cuestionado su compatibilidad con el convenio”. Lo que sí recomienda el Consejo Fiscal, para evitar la discriminación por razón de discapacidad, es que los plazos de aborto legal en casos de anomalía fetal no sean distintos a los plazos que se establezcan en otros supuestos.

En definitiva, el informe concluye que la decisión de eliminar el supuesto de aborto por malformación fetal es “una cuestión susceptible de debate” y que, aunque el Gobierno es libre de tomarla, “debe ser cuidadosamente reflexionada a la luz de la experiencia de la aplicación de las leyes anteriores y de la regulación existente en los países de nuestro entorno”.

Por otro lado, el Consejo Fiscal no considera “afortunado ni congruente” distinguir, como hace el anteproyecto, entre las anomalías fetales incompatibles con la vida y el resto de anomalías fetales (a la hora de recabar los informes médicos). Pero deja ahí su comentario: en que no es afortunado distinguir.

» Los informes médicos, solo en la red pública. El anteproyecto de ley obliga a la mujer a recabar dos informes de dos médicos diferentes cuando decida abortar alegando daño para su salud física o psíquica. Además, impone que esos dos médicos trabajen en centros sanitarios distintos al que después va a practicar el aborto. El Consejo Fiscal apoya esa medida, pero la considera insuficiente. “La experiencia demuestra que el informe [médico] de complacencia se puede obtener de los médicos que, aunque no estén formalmente vinculados al centro en el que se practica el aborto, mantienen un contacto regular con el mismo o con sus profesionales”. Para evitar ese vínculo, el Consejo propone que el informe médico sea emitido exclusivamente “por médicos de la sanidad pública”.

En cuanto a la obligación que tendrá la embarazada de pasar por un complicado proceso de asesoramiento asistencial antes de tomar la decisión de abortar, el Consejo Fiscal dice que no tiene “nada que objetar”. “No obstante”, añade, “se observa una cierta complejidad en el procedimiento que podría retardar el proceso de toma de decisiones [de la embarazada]”. No propone ninguna alternativa.

» Respetar la voluntad de las menores. Hay un aspecto en el que el borrador de informe del Consejo Fiscal propone suavizar la ley de Gallardón: el tratamiento que da a las menores embarazadas de 16 y 17 años (no al resto). El anteproyecto establece que, si la chica quiere abortar y sus padres no están de acuerdo, debe decidir un juez; en esa vista judicial la voluntad de la menor primaría, pero no sería definitiva: todo quedaría en las manos y el criterio del juez. El Consejo Fiscal “valora favorablemente” que la ley obligue a tener en cuenta a los padres (que se les escuche); sostiene, sin embargo, que en última instancia debe decidir la menor.

“Las embarazadas de 16 o 17 años […] deben tener reconocida en la ley una posición determinante. La opinión discrepante de los representantes legales […], que ciertamente deben ser oídos y participar en la toma de decisión, no debe conducir de forma necesaria a una intervención judicial dirimente”, señala el texto. Así, propone que en el caso de esas adolescentes “se declare suficiente el consentimiento expreso de la mujer embarazada para justificar la práctica del aborto, tras haberse recabado la opinión de sus representantes legales”. “En caso de discrepancia con estos, lo razonable es que la ley respalde plenamente la autonomía de la mujer embarazada y que no le imponga la onerosa carga de promover un incidente judicial para hacerla valer”. Sobre todo, subraya el Consejo, “en un contexto normativo en el que habrá desaparecido todo vestigio de aborto libre a petición de la mujer” y la menor solo podrá abortar si cumple con los supuestos legales.

La solución que propone el Consejo Fiscal es muy parecida —no igual— a la que ya existe en la vigente ley de plazos, la que aprobó el Gobierno de Zapatero: las embarazadas de 16 y 17 años que quieren abortar pueden hacerlo sin consentimiento de sus padres. La diferencia es que, aunque en la ley vigente la menor debe informar a sus padres, puede no hacerlo cuando alegue que eso le genera un “conflicto grave”.

» Mantener la pena de multa para la mujer. El anteproyecto de ley elimina, por primera vez, todo reproche penal a la mujer embarazada que se someta a un aborto. En la ley del 1985 había pena de cárcel para la mujer (aunque tan baja que en la práctica no suponía ingreso en prisión); y en la de 2010 había pena de multa. Ahora el Ministerio de Justicia ha eliminado también la multa para la mujer, concentrando todo el reproche penal en el médico que practica el aborto. El Consejo Fiscal no está de acuerdo con esa “novedosa impunidad del comportamiento de la embarazada en todo caso”: duda de que sea constitucional. Por eso, propone “mantener la previsión de una pena de multa a la mujer que se causa su propio aborto o consiente que otro se lo cause” fuera de los supuestos legales.

» “El aborto no es un derecho”. El informe apela a “la doctrina del Tribunal Europeo de Derechos Humanos” para concluir que ni ese tribunal ni “ningún tratado internacional o regional reconoce el supuesto derecho al aborto”. “El Tribunal nunca ha admitido que la libre decisión o la autonomía de la mujer sea suficiente, por sí misma, para justificar un aborto”, afirma. Así, el Consejo Fiscal, que ya se pronunció en 2009 contra la ley de plazos de Zapatero, apoya la decisión del Gobierno de derogar esa ley y volver a un modelo de supuestos despenalizados. “El sistema legal claudica de sus deberes”, dice, cuando “deposita en la gestante un poder de decisión libre de consecuencias jurídicas”, en referencia a la ley de plazos que reconoce el derecho al aborto en las primeras 14 semanas de embarazo.

El Consejo llega a subrayar que “la mayor parte de las legislaciones” de los países de la UE “exigen la concurrencia de causas objetivas” para abortar. Y añade que, aunque hay “un segundo grupo de países que reconoce el sistema de plazos”, no es muy relevante porque, dice, entre esos Estados “prevalecen en número las legislaciones de Estados procedentes de la antigua Europa del Este”. Legislaciones “que difícilmente pueden ser tomadas como modelo en nuestro país en la medida en que promueven el aborto por razones ideológicas o demográficas, y como método ordinario de control de la natalidad”. En realidad, la mayoría de los países de la UE tienen leyes de plazos parecidas a la española, entre ellos Alemania, Francia, Holanda e Italia.

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Pekín despliega funcionarios para ayudar a aparcar a los conductores

Zou, zou, zou…! ¡Tao! Zuo yidiar. Tao, tao, ¡tao!” (siga, siga, siga. ¡Pare! Un poco a la izquierda. Pare, pare, ¡pare!). Wang Xiuzhen, de 48 años, es asistente de aparcamiento en Pekín. Su trabajo es uno de los más humildes y también es uno de los más esenciales en esta ciudad de más de veinte millones de personas y cinco millones de automóviles, muchos conducidos por novatos. La inmensa mayoría de los chinos no tienen más de diez años de experiencia al volante.

Wang forma parte de un grupo de miles de personas que, vestidas con un uniforme naranja, gris o azul —dependiendo de la compañía para la que trabajen—, tienen como misión cobrar las tarifas por aparcar en la calle. Y también, de paso, ayudar a estacionar a unos conductores generalmente poco duchos a la hora de maniobrar.

El espectacular crecimiento de China ha precipitado un aumento igualmente drástico en el parque automovilístico del país. Shanghái, la capital económica, y Pekín, la capital política, se llevan la palma. Un estudio del centro estadounidense Energy Foundation prevé que el número de coches por cada mil habitantes pase de los 35 actuales a 200 en 2023 en todo el país. Pekín ya superó esa proporción hace tres años. El tráfico y los temidos duche (atascos) son la segunda gran preocupación de sus habitantes, por debajo solo de la contaminación del aire y a gran distancia de la tercera, las tormentas de arena.

Los atascos en Pekín son épicos. En hora punta es muy probable que sea mucho más rápido recorrer la ciudad de extremo a extremo en bicicleta que en un Cadillac último modelo. Y este último puente del Primero de Mayo, cuando se juntaron tres días de vacaciones, el atasco en la operación salida en la autopista Pekín-Tíbet, que recorre China de este a oeste, alcanzó los 55 kilómetros, según las autoridades de tráfico. Los responsables municipales han tratado de atajar el crecimiento del parque automovilístico, y la contaminación que acarrea, mediante la imposición de límites al número de matrículas nuevas —150.000 este año, 240.000 el anterior—, que se adjudican mediante un sistema de lotería. Pero el sistema ha conllevado sus propios problemas de corrupción y fraude y ha recibido numerosas críticas.

El del tráfico es un fenómeno relativamente nuevo. En 1997 apenas circulaba un millón de coches por la capital. El bum económico no había estallado, y la mayor parte de sus habitantes se desplazaban en autobús —en aquel entonces sólo había dos líneas de metro— o en bicicleta. Y quienes poseían un vehículo eran los grandes privilegiados, que no tenían necesidad, ni ganas, de sentarse detrás de un volante. Lo prestigioso, lo suyo, era tener un chófer que condujera por ellos.

Con la entrada de China en la Organización Mundial de Comercio, en 2001, todo cambió, y la prosperidad se multiplicó hasta niveles apenas conocidos en el Imperio del Centro hasta entonces. Adquirir un automóvil se convirtió en un símbolo de prestigio, de haber llegado. En muchos casos aún lo es: las jóvenes en edad casadera reclaman que sus novios tengan chengche (casa y vehículo) en propiedad. De lo contrario, ni hablar de pasar a mayores. Y en muchos otros casos se trata de una verdadera necesidad: aunque el Gobierno municipal de Pekín ha invertido cantidades astronómicas en reforzar la red de transporte público, y hoy día el sistema de metro cuenta con 16 líneas, de las que cada año se inauguran nuevas paradas, la oferta existente está aún muy lejos de cubrir las necesidades de la población.

En 2008, el número de vehículos en Pekín había llegado a los tres millones, una cifra que ya entonces sonaba desorbitada. Pero en 2010 eran 4,6 millones. Y en 2013 circulaban 5,4 millones de vehículos.

Ello implica que la cantidad de conductores con poca experiencia sea desorbitado. Y que haya poca cultura de automóvil. Escenas como ver un vehículo dar marcha atrás en plena autopista porque su conductor ha pasado de largo la salida que le correspondía, o frenando en seco y cambiando de sentido sin previo aviso en una gran avenida no son infrecuentes. Los accidentes, más o menos graves, están a la orden del día, y esto es extrapolable a todo el país: en 2010, en China murieron 65.225 personas en accidente de tráfico.

Y aquí es donde Wang desempeña un papel esencial. Sin su ayuda, o la de sus compañeros repartidos por las calles de Pekín, muchos automovilistas tendrían problemas serios para estacionar debidamente y necesitarían un tiempo que acabaría bloqueando una calle entera.

“Muchísima gente necesita que la ayuden a aparcar”, explica Wang, originaria de Liaoning, en el noroeste de China, y que emigró a Pekín, como tantos otros llegados de las provincias, en busca de una vida mejor. Es asistente de aparcamiento desde hace cinco años y tiene asignado desde hace dos el callejón donde trabaja ahora, a pocos metros del Estadio de los Trabajadores, hogar del Guoan, el equipo de fútbol de Pekín. Esa situación estratégica hace que los fines de semana el espacio en la callejuela se mida al milímetro. “Curiosamente, los que peor aparcan son los que viven por aquí. En cambio, los que vienen a trabajar o están de paso son más corteses y procuran hacerlo mejor”, cuenta. En el barrio, de clase media, conducen más hombres que mujeres. Ellas están más habituadas a ponerse al volante en las zonas residenciales más adineradas, según ha observado. Eso sí, asegura que, en cualquier caso, el nivel de conducción ha mejorado mucho en los cinco años que lleva en este trabajo.

“Es un ángel. Nos ayuda muchísimo”, comenta una vecina del callejón, que se identifica como Zhao Ayi (tía Ayi). En estas calles pequeñas se conocen todos, y Wang extiende sus atribuciones a tareas en principio alejadas de su competencia: por ejemplo, no es infrecuente que se encargue de recoger paquetes de mensajería si sus destinatarios no se encuentran en casa. Y cobra un precio más barato a los jóvenes que vienen a ver el fútbol al estadio y aparcan en su zona, 20 yuanes (2,3 euros) por tres horas: “Son muchachos, no tienen mucho dinero”.

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Farage o el populismo británico

A sus 50 años recién cumplidos, Nigel Farage está en el cielo político y la cuestión es si ya ha tocado techo o aún tiene margen para seguir escalando. En puridad, no es nadie en la política británica porque ni siquiera está en los Comunes. Peor aún: es diputado del Parlamento Europeo, una institución que muchos británicos desprecian y él desmantelaría si pudiera.

Pero, ¿por qué, si es técnicamente un don nadie, es el político del año en Reino Unido? Porque su partido protesta, el Partido para la Independencia de Reino Unido (UKIP), ha puesto patas arriba la política británica al ganar las elecciones europeas y poner en ridículo a los tres grandes partidos.

Y porque es muy popular, además de populista. Este hombre-orquesta, que sostiene al UKIP pinta en mano y sonrisa de oreja a oreja, ha encontrado en la fobia a la inmigración la piedra filosofal para derrotar por primera vez a conservadores y laboristas en unas elecciones nacionales desde 1910.

Su secreto es parecer un hombre normal, aunque está muy lejos de serlo. Lo que más le acerca a la normalidad es que sigue viviendo en el pueblo donde nació, Downe (Kent), 30 kilómetros al sureste de Londres, pero a todo un mundo de distancia; que hace más de 30 años que es parroquiano de su pub local, el George & Dragon; y que no tiene pelos en la lengua. Eso último le convierte en un político fuera de lo común. Como es poco común entre los políticos presumir de que le encanta beber y fumar “porque solo se vive una vez”.

Es un hombre lleno de contradicciones, un antieuropeo que ama Francia y está casado con una alemana; un capitalista acérrimo que cree en el mercado global pero quiere mantener a toda costa los modos de vida de la Inglaterra provinciana; un conservador que defiende la legalización de las drogas y la prostitución (aunque detesta las dos cosas) pero se opone al matrimonio gay (aunque quizás no les deteste).

Y debe tener un ángel de la guarda porque ha esquivado la muerte varias veces. Pudo morir a los 21 años, cuando le atropelló un coche estando tan borracho que tuvieron que dejarle sedado varias horas antes de operarle para que bajara el nivel de alcohol; o del cáncer de testículo que padeció siendo aún joven; o cuando capotó la avioneta en que viajaba en 2010. Es también políticamente incombustible. Nada parece afectarle. Ni que una chica lituana le contara a un tabloide una noche loca de sexo muy vicioso con él, ni que le pillaran en un club de striptease en Francia. O ignorar qué políticas defiende la web de su propio partido (“hace siglos que no la veo”). O proclamar su admiración por el presidente ruso, Vladímir Putin, por su habilidad para engañar a los europeos en Siria y Ucrania.

Europa, o mejor dicho, la UE, tiene la culpa de casi todo. Y llega incluso a lo personal. El presidente del Consejo Europeo, el belga Herman Van Rompuy, tiene pinta de “botones de medio pelo” y Angela Merkel “es increíblemente fría”. Sobre todo en privado.

Él no puede ser más cachondo. Hasta sus rivales aceptan que es un hombre divertido, el alma de cualquier grupo. Lo era ya en el Dulwich College, su elitista escuela del sur de Londres. Y lo era también en el London Metal Exchange, el mercado de metales y minerales en el que Farage se metió nada más acabar la secundaria, despreciando la posibilidad de ir a la universidad y siguiendo el camino de bróker de su padre, que les había abandonado a él y a su madre cuando el pequeño Nigel tenía cinco años y del que heredaría el gusto por la bebida y el talento para la bolsa. A los 21 años, Farage ya ganaba 200.000 libras al año, equivalentes hoy a unos 700.000 euros.

“Bebe y fuma demasiado”, le ha confesado al Daily Telegraph su esposa, Kirsten, una antigua bróker alemana con la que se casó en segundas nupcias en 1999 y a la que emplea como su secretaria con dinero del Parlamento Europeo. Eso le ha valido acusaciones de hipocresía y de doble rasero. Por emplear a un familiar al tiempo que denuncia las corruptelas de la clase política, del establishment. Y por emplear a una extranjera mientras acusa a los inmigrantes, y en especial los de la UE, de dejar sin trabajo a los británicos.

Es esa tendencia a moverse entre dos aguas, a predicar mucho y practicar poco, lo que hace pensar a algunos que el actual terremoto político tiene fecha de caducidad. El UKIP sigue siendo un partido de un político (Farage), dos políticas (Inmigración y Unión Europea) y muchas dudas. “Parece un hombre muy amigable, abierto y jovial, pero entre bastidores es muy inseguro”, advierte un antiguo colaborador suyo, Richard North, con el que acabó muy mal.

“El partido que yo fundé se ha convertido en un monstruo de Frankenstein”, asegura estos días en The Guardian el hombre que en 1993 creó el UKIP en su despacho de la London School of Economics. Alan Sked, profesor de Historia Internacional que dirigió el partido hasta 1997, recuerda: “Cuando yo era líder no queríamos estar en el Parlamento Europeo para no darle legitimidad. Ahora, el UKIP dice que los estafadores del Estado de bienestar vienen de Europa del Este pero ellos son los primeros estafadores. No hacen nada en el Parlamento Europeo y se quedan el dinero”.

Sked ha reiterado lo que ya dijo en 2005: que Farage y la gente que hay ahora en el UKIP son racistas. En 1997, cuando discutían el perfil de los candidatos que necesitaban, “Farage quería gente que había estado en el Frente Nacional y yo le dije que no lo tenía muy claro, y me dijo: ‘No tenemos que preocuparnos por el voto de los niggers [término despectivo para los negros]. Los nig-nogs [expresión también despectiva para referirse a los negros] nunca votarán por nosotros”.

Farage siempre ha desmentido que dijera eso y asegura que no ha usado la palabra “nigger” desde que tenía 15 años. Pero cuando hace poco dijo que no le gustaría tener a 10 rumanos como vecinos, volvieron las acusaciones de racismo. Hay algo que no cuadra en el UKIP.

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El suburbio también vota a Le Pen

Hace siete días, el Frente Nacional ganó las elecciones europeas en Francia con 4,6 millones de votos, el 24,8%. La extrema derecha se impuso en 71 de los 101 departamentos (provincias). Sus resultados fueron espectaculares salvo en París, las provincias de Ultramar y el oeste del país. En la capital, Marine Le Pen obtuvo un 9,3%, y quedó relegada al quinto puesto. La alcaldesa, Anne Hidalgo, se felicitó por la “excepción parisiense” y la participación, 10 puntos superior a la media, que fue del 43,5%. El caracol parisiense, sin embargo, quedó rodeado por una gran baba bleu Marine. En la banlieue (los suburbios) de la capital hubo una abstención del 75%, y el partido xenófobo hizo estragos.

En Île de France, la región que incluye a la capital, el FN fue la segunda fuerza más votada con un 17,3%, cuatro puntos menos que los conservadores de la UMP. Le Pen cuadruplicó los resultados de las europeas 2009 y ganó por primera vez en el departamento 93 (Seine-Saint-Denis), viejo feudo comunista y socialista agitado por los disturbios raciales en 2005.

En el primer turno de las presidenciales de 2012, Le Pen había obtenido en esta provincia, de fuerte presencia africana y musulmana, un 13,55%. Ahora, con su mejora de siete puntos, superó al Frente de Izquierdas por menos de un punto y se impuso en 24 municipios de 40. Aunque el triunfador real fue la abstención —en el 93 solo votó el 25% del censo—, Le Pen ganó en sitios como Drancy (escenario de persecuciones antisemitas en la II Guerra Mundial), La Courneuve o Le Bourget, donde Hollande dio su mitin de campaña en 2012 y se declaró enemigo de las finanzas.

En Clichy-sous-Bois, el municipio donde en 2005 comenzaron los disturbios, la abstención superó el 78% y también ganó por primera vez el Frente Nacional. En las municipales de marzo pasado, los socialistas recibieron el 65% de los votos. El FN no se presentó.

Fabien Mariano Ortiz, cineasta de origen español que se crió en el 93, explica que “la victoria del FN en la banlieue se veía venir. En Saint-Denis solo han votado los pocos franceses que quedan. Los jóvenes están en la fractura, y la dinámica de izquierda es inexistente. Solo se mueven en las municipales, cuando la gente vota no por motivos políticos, sino porque conoce al candidato”.

“Nos han olvidado”, advertía hace dos años en un reportaje televisivo un habitante del 93 para explicar su apoyo a la ultraderecha en las presidenciales. A su alrededor se veía un paisaje desolador: buzones rotos, inmuebles insalubres… Un territorio abandonado. A 15 kilómetros de la Torre Eiffel, el cuarto mundo.

Nidhal Ben Salem, animador social de origen tunecino, de 32 años, que vive y trabaja en Saint-Denis, cuenta que la victoria del FN en el 93 ha sido “una triste sorpresa”, pero la achaca a la abstención. “En número de votos no han crecido, el problema es que los partidos no se movilizaron y no explicaron a los jóvenes por qué era importante votar”.

La banlieue de París sigue pareciéndose mucho a la de 2005. Siete de cada diez habitantes viven bajo el umbral de la pobreza; hay un 25% de paro y un 40% de desempleo juvenil. La mitad de la población es menor de 25 años.

Tras el batacazo de los socialistas, François Hollande pidió a los franceses que se reunieran “en torno a la República en esta hora grave”. Pero la República hace tiempo que no pasa por el 93, dice Ben Salem: “Los disturbios no fueron las revoluciones árabes. Aquí no ha cambiado nada y nada cambiará. Seguimos sufriendo discriminación y racismo. Si ponemos la tele, no nos sentimos representados. La población inmigrante nunca sale”.

Elise Mbock, una política de origen africano del 93, ha subrayado en su blog la gran paradoja: el FN, un partido racista, tiene cada vez más apoyo entre quienes sufren el racismo: “Muchos africanos y árabes pobres expresan así su hartazgo con el sistema. La ironía es que, si gobernara Le Pen, las ayudas a los inmigrantes se terminarían, y no habría regularizaciones. Y sin embargo…”.

Nidhal Ben Salem cuenta que “muchos jóvenes de los suburbios votaron por Hollande en 2012. Pero ven que el cambio no ha llegado, y que Manuel Valls se parece mucho a Sarkozy. Apoya a Israel contra Palestina y se mete con los gitanos para contentar a la derecha, porque su única ambición es ser presidente en 2017”.

El sociólogo Eric Fassin, profesor en la Universidad París VIII, atribuye el avance del FN a la “progresiva derechización del Partido Socialista en economía y seguridad. La derecha lleva años imitando a la extrema derecha, y los socialistas copia a la derecha. Primero Sarkozy y luego Valls han retomado el vocabulario y las ideas sobre inmigración e identidad de Le Pen”. “Si un presidente o un primer ministro abrazan tesis así, resulta imposible prohibirlas y decir que son diabólicas. Al revés, se legitiman. Y así, se cumple el teorema de Le Pen: la gente prefiere el original a la copia”.

El autor del ensayo Izquierda, el futuro de una desilusión subraya que “los socialistas creen que la realidad es de derechas. Hollande ha exacerbado esto al defender el tratado Merkozy [el pacto de estabilidad de la UE] y dar su giro neoliberal, aplaudido por los medios de izquierdas, y al nombrar a Valls. La única diferencia entre el PS y la UMP hoy es la política sexual. Y el mensaje del PS es el triunfo póstumo de Thatcher: ‘No hay alternativa”.

¿Dónde acabará el auge de la extrema derecha? Fassin vaticina que, en 2017, Le Pen se jugará el segundo turno de las presidenciales con el candidato de la UMP, y después entrará en el Gobierno. “Nos dirán que es un partido republicano como los demás y que es necesario para luchar contra la extrema derecha violenta”.

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La fiebre del petróleo revive en Burgos 50 años después

Janet Ortiz, ganadera de 34 años, recibió el pasado 14 de mayo una carta que la dejó boquiabierta: un abogado la instaba a llegar a un acuerdo para vender la finca de 3,5 hectáreas que posee en La Aldea, cerca de Villarcayo, al norte de la provincia de Burgos, dado que ésta corría el riesgo de ser objeto de un “expediente de expropiación forzosa”. Tras hablar con el citado abogado, consiguió averiguar que quien estaba detrás de la operación era BNK Petroleum, empresa norteamericana de hidrocarburos que pretende extraer gas mediante la agresiva técnica del fracking, a la que se oponen muchos de los municipios ubicados en un primer mapa de posibles afectados.

Colgó la carta en las redes sociales y su caso empezó a correr de boca en boca por los pueblos de Las Merindades, comarca situada al norte de Burgos, una zona especialmente rica en hidrocarburos que la industria viene explorando desde principios del siglo XX. De hecho, a unos 60 kilómetros de la finca de Janet, en Ayoluengo de la Lora, se encuentra el campo petrolífero de Ayoluengo, donde el 6 de junio de 1964, hará 50 años, se descubrió petróleo y se vivió una efímera fiebre del oro negro en territorio burgalés. Pues bien, el movimiento de Janet y de los vecinos de Las Merindades forzó una rectificación del abogado, que dijo que debía haber utilizado el término “ocupación forzosa”; y unas disculpas de la empresa gasística BNK. “La carta de Janet nos ha puesto a todos con las orejas tiesas”, manifiesta Pepe Casado, concejal de la plataforma ciudadana Iniciativa Merindades en Villarcayo, “ahora nos damos cuenta de que la fiera está aquí”. La presión social ha empujado, de hecho, a que el Ayuntamiento de esta localidad gobernada por el PP se declarara libre de fracking, a regañadientes, el pasado 23 de mayo. Un gesto sin validez jurídica, pero que le reclamaban desde hace tiempo.

La carta es, para muchos vecinos de la comarca, la primera señal de un proceso que se veía lejano, pero que ya está más cerca: las empresas que quieren extraer gas tienen que presentar informes de impacto ambiental para hacer pruebas sobre el terreno que les permitan evaluar el potencial de gas del subsuelo; y dado que el fracking genera rechazo social, y las ocupaciones forzosas no son plato de buen gusto, la opción de comprar terrenos para hacer las pruebas se ha convertido en una buena posibilidad para las empresas gasísticas. BNK, de hecho, reconoce que está a la compra de suelo. “Hay una alarma social justificada”, señala José Ignacio Angulo, portavoz de 150 asociaciones (culturales, de ganaderos, de cazadores, de padres, de hosteleros) que el pasado 2 de mayo firmaron un manifiesto oponiéndose al desembarco del fracking en Las Merindades.

Inyectar una mezcla de agua, arena y productos químicos para liberar el gas que se puede encontrar a 3.000 metros de profundidad: en eso consiste el fracking o fracturación hidráulica. Una técnica muy extendida en Estados Unidos, que ha incrementado notablemente sus reservas de hidrocarburos, pero que también ha desatado críticas. El estudio Repercusiones de la extracción de gas y petróleo en el medioambiente y la salud humana realizado en 2011 por el Parlamento Europeo señala algunos de los peligros que puede encerrar: contaminación de acuíferos, contaminación atmosférica y generación de seísmos.

Janet Ortiz nunca se significó por ser una luchadora antifracking, como muchos de los vecinos de su comarca, que el 8 de diciembre de 2012 ya convocaron una primera tractorada de protesta. Pero le ha tocado dar un paso al frente. “Yo quiero reivindicar que vivo de esto y que si me quitan esta finca no podré trabajar”, dice mientras recorre las 3,5 hectáreas que conforman su terreno, que recibe el nombre de El cuadro, una extensión verde en ligera cuesta abajo frente a la imponente sierra de la Tesla. “Aquí brota el agua de forma natural porque debajo hay un acuífero”, señala José Manuel Ortiz, padre de Janet, que muestra el aro que construyó para impedir que las vacas (tienen 75) pisen el manantial que surge en medio de la explotación.

Agua. El fracking necesita de mucha agua. Ése puede ser uno de los motivos por los que la finca de Janet puede resultar atractiva para una empresa gasística. Una portavoz de BNK que insiste en que la empresa pretendía llegar a un acuerdo y se equivocó en la comunicación, recuerda que, no obstante, los proyectos de investigación de hidrocarburos pueden ser declarados de utilidad pública por la Administración, lo cual puede llevar a ocupaciones exploratorias temporales. “En torno al 20% del gas que hay en España podría encontrarse en el norte de Burgos”, apunta esta portavoz, que señala que en los próximos meses su empresa presentará los estudios de impacto ambiental que se requieren para poder llevar a cabo perforaciones exploratorias en la cuenca vasco cantábrica. Desde BNK se recuerda, además, que la extracción de gas puede conducir a la autosuficiencia energética en España en el futuro: un informe de la consultora Deloitte estima que el potencial petróleo que se quiere extraer en Canarias y Baleares, y la extracción de gas podría generar 250.000 empleos en la economía española.

Aún no hay ningún proyecto de extracción de gas mediante fracking aprobado en territorio español, según informan desde el Ministerio de Industria. Entre 10 y 15 proyectos podrían estar interesados en extracción mediante esta técnica si las pruebas exploratorias se revelan positivas; y ninguna compañía ha solicitado usar el fracking para las catas. Desde la Junta de Castilla y León confirman que el expediente más avanzado en esta zona (que cuenta con dos autorizaciones de investigación) es el de Sedano, ubicado en Burgos. Se está tramitando la evaluación de impacto ambiental —hay otros 12 expedientes en este punto en el resto de España, confirman desde la secretaría de Estado de Medio Ambiente—.

A unos 20 kilómetros de Sedano, precisamente, se encuentra Ayoluengo de la Lora, el lugar donde se descubrió petróleo hace casi cincuenta años. El 6 de junio de 1964 fue el día en que un enorme chorro de petróleo brotó de las entrañas de este páramo burgalés despertando la fiebre del oro negro. Se llegaron a extraer cerca de 5.000 barriles al día. Hoy, la producción apenas ronda los cien. Pero allí siguen las viejas bombas de la marca Lufkin, extrayendo petróleo con ese movimiento de picar el suelo cuales garzas, haciendo un ruido que recuerda al de un motor a punto de calarse, rodeadas de molinos de viento.

Francisco Javier Hidalgo, de 64 años, nació en este pueblo y vivió aquellos días históricos. Con su gorra roja y el paraguas negro con el que ha salido a pasear por la carretera, rememora los días en que desembarcaron los norteamericanos. “En el bar que se montó al lado del pozo número uno corría más whisky que vino”, relata, en medio de una carretera desierta por la que silba el viento. “Pero esto fue muy bueno para 10 o 12”, asegura, “para el resto fue la ruina”. A su padre le expropiaron una finca de cereales. Fue duro. Y total, para que al final el soñado Texas burgalés quedara en poca cosa.

Habrá que ver en qué acaba lo que el prestigioso diario británico The Guardian ha llamado la nueva fiebre energética en España, disparada por las nuevas perspectivas de extracción de petróleo y de gas mediante fracking. Mientras tanto, Janet Ortiz, como muchos otros vecinos de la zona, aún no sabe si su finca será ocupada forzosamente o no algún día.

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Etgar Keret publica un libro sobre su hermana ultraortodoxa

Hace 19 años, en un pequeño salón de bodas en Bnei Brak, mi hermana mayor murió, y ahora vive en el barrio más ortodoxo de Jerusalén. Hace poco pasé un fin de semana en su casa. Fue mi primer sabbat allí. Suelo visitarla entre semana, pero ese mes, con todo el trabajo que tenía y mis viajes al extranjero, o era sábado o nada. “Cuídate”, dijo mi mujer mientras me marchaba. “Que ya no estás tan en forma, ¿eh? Y que no te convenzan de que te vuelvas religioso o algo”. Le dije que no tenía por qué preocuparse.

La época en la que mi hermana estaba descubriendo la religión coincidió con el periodo más deprimente de la historia del pop israelí. La guerra contra Líbano acababa de terminar y nadie estaba de humor para alegres melodías. Pero, claro, todas esas baladas para soldados jóvenes y guapos que habían muerto en la flor de la vida también nos ponían de los nervios. La gente quería canciones tristes, pero no de las que insistían en una guerra miserable y cobarde que todo el mundo trataba de olvidar. Y así es como de repente nació un nuevo género: el canto fúnebre a un amigo que se ha vuelto religioso. Esas canciones siempre describían a un colega cercano o a una chica preciosa y sexi que había sido la razón de vivir del cantante cuando, inesperadamente, algo horrible les había ocurrido y se volvían ortodoxos. El colega se dejaba barba y rezaba mucho; la chica preciosa se cubría de la cabeza a los pies y ya no se lo montaba más con el cantante taciturno.

Los jóvenes escuchaban esas canciones y asentían con gravedad. La guerra contra Líbano se había llevado a tantos de sus colegas que lo último que nadie quería era ver a los otros desaparecer para siempre en alguna yeshivá [centro de estudios de la Tora] en las cloacas de Jerusalén.

No era solo el mundo de la música el que estaba descubriendo judíos renacidos. Era un tema candente en todos los medios. Cada programa de debate sentaba con regularidad a una antigua celebridad recién convertida que se esforzaba por contarle a todo el mundo que no echaba de menos en absoluto su pasado disipado, o al antiguo amigo de un judío renacido bastante popular que revelaba cuánto había cambiado su amigo desde que se había vuelto religioso y cómo ya ni siquiera se podía hablar con él. Y luego estaba yo. Desde el momento en que mi hermana cruzó la línea en dirección a la Divina Providencia, me convertí en una especie de celebridad local. Vecinos que nunca me habían dado ni la hora se paraban solo para estrecharme la mano y darme el pésame. Estudiantes hipsters de último año de Bachillerato, vestidos totalmente de negro, me chocaban los cinco justo antes de meterse en el taxi que los llevaría a alguna discoteca en Tel Aviv. Y después bajaban la ventanilla y me gritaban lo afligidos que se sentían por mi hermana. Si los rabinos se hubieran llevado a alguien feo, podrían haberlo manejado mejor; pero captar a alguien tan atractivo, ¡menudo desperdicio!

Mientras tanto, mi llorada hermana estaba estudiando en algún seminario de mujeres en Jerusalén. Venía a visitarnos casi todas las semanas, y parecía feliz. Si había una semana en la que no podía venir, íbamos nosotros a verla. En esa época yo tenía 15 años y la echaba muchísimo de menos. Cuando, antes de volverse religiosa, estuvo en el ejército sirviendo como instructora de artillería en el Sur, tampoco la veía mucho, pero, por algún motivo, entonces no la echaba tanto de menos.

Cuando nos veíamos, la estudiaba con detenimiento tratando de descubrir cómo había cambiado. ¿Habían reemplazado la mirada de sus ojos, su sonrisa? Hablábamos como siempre habíamos hablado. Seguía contándome historias graciosas que se inventaba especialmente para mí y me ayudaba con mis deberes de mates. Pero mi primo Gili, que pertenecía a la sección juvenil del Movimiento contra la Coerción Religiosa y sabía mucho sobre rabinos y esas cosas, me dijo que era solo cuestión de tiempo. Todavía no habían terminado de lavarle el cerebro, y en cuanto lo hicieran, empezaría a hablar en yidis, le raparían la cabeza y se casaría con algún tipo sudoroso, fofo y repulsivo que le prohibiría que volviera a verme. Todavía podían pasar un año o dos, aunque más me valía mentalizarme porque, una vez que se casara, tal vez siguiera respirando, pero desde nuestro punto de vista sería como si se hubiera muerto.

Hace 19 años, en un pequeño salón de bodas en Bnei Brak, mi hermana mayor murió, y ahora vive en el barrio más ortodoxo de Jerusalén. Tiene un marido, un estudiante de la yeshivá, justo como pronosticó Gili. No es sudoroso, ni fofo, ni repulsivo, y de hecho parece contento cuando mi hermano o yo vamos de visita. Gili también me aseguró en ese momento, hace unos veinte años, que mi hermana tendría hordas de niños y que cada vez que los escuchara hablar en yidis, como si vivieran en algún shtetl [villa con una gran población de judíos en Europa Oriental antes del Holocausto] dejado de la mano de Dios en el este de Europa, me entrarían ganas de llorar. Sobre ese asunto también tenía razón, pero a medias, porque sí que es verdad que tiene muchos hijos, cada uno más guapo que el anterior, pero que hablen en yidis solo me hace sonreír.

Cuando entro en la casa de mi hermana, menos de una hora antes de que empiece el sabbat, los niños me saludan al unísono con su “¿Cómo me llamo?”, una tradición que empezó después de que los confundiera en una ocasión. Considerando que mi hermana tiene 11 hijos y que cada uno de ellos tiene un nombre compuesto, como es costumbre entre los jasídicos, mi error desde luego se podía perdonar. El hecho de que todos los chicos vayan vestidos igual y engalanados con idénticos peyot [mechones largos que los varones jasídicos normalmente se dejan crecer a los lados de la cabeza] proporciona algunos argumentos atenuantes de peso. Pero todos ellos, desde Shlomo-Nachman hasta el último, solo quieren asegurarse de que su peculiar tío esté lo suficientemente concentrado y entregue el regalo adecuado al sobrino adecuado. Hace solo unas semanas, mi madre comentó que había estado hablando con mi hermana y que sospecha que todavía habrá más, así que en un año o dos, Dios mediante, tendré otro nombre compuesto que memorizar.

Una vez aprobé el examen de pasar lista con sobresaliente y me agasajaron con un vaso de cola estrictamente kósher, mientras mi hermana, a la que no había visto en mucho tiempo, se situaba al otro lado de la habitación y decía que quería saber cómo andaba. Le encanta cuando le digo que me va bien y que soy feliz, pero, puesto que el mundo en el que vivo para ella es un mundo de frivolidades, en realidad no le interesan demasiado los detalles. El hecho de que mi hermana nunca vaya a leer ninguna de mis historias me molesta, lo admito, pero el hecho de que yo no respete el sabbat o el kósher a ella le molesta aún más.

Una vez escribí un libro para niños y se lo dediqué a mis sobrinos. En el contrato, la casa editorial accedió a que el ilustrador preparara una copia especial en la que todos los hombres llevaran kipás y peyot, y las faldas y las mangas de las mujeres fueran lo suficientemente largas como para considerarse recatadas. Pero al final incluso esa versión fue rechazada por el rabino de mi hermana, con el que ella consulta los temas de convención religiosa. El cuento describía a un padre que huye con el circo. El rabino debió de considerar esto demasiado temerario y tuve que llevarme la versión kósher del libro —en la que el ilustrador había trabajado con tanta dedicación— de vuelta a Tel Aviv.

Hasta hace una década, cuando por fin me casé, la parte más difícil de nuestra relación era que mi novia no podía venir conmigo cuando iba a visitar a mi hermana. Para ser honesto, debo mencionar que en los nueve años que llevamos viviendo juntos nos hemos casado docenas de veces en todo tipo de ceremonias que nos hemos inventado: con un beso en la nariz en un restaurante de pescado en Jaffa, intercambiando abrazos en un hotel ruinoso de Varsovia, nadando desnudos en la playa en Haifa, o incluso compartiendo un huevo Kinder en un tren de Ámsterdam a Berlín. Pero, por desgracia, ninguna de esas ceremonias está reconocida por los rabinos o el Estado. Así que cuando iba a visitar a mi hermana y a su familia, mi novia siempre tenía que esperarme en un café o un parque cercano. Al principio me daba vergüenza pedírselo, pero ella entendió la situación y la aceptó.

En cuanto a mí, bueno, la acepté —¿qué remedio me quedaba?—, pero en realidad no puedo decir que la entendiera.

Hace 19 años, en un pequeño salón de bodas en Bnei Brak, mi hermana mayor murió, y ahora vive en el barrio más ortodoxo de Jerusalén. En aquella época había una chica a la que yo amaba locamente, pero ella no me quería. Recuerdo que dos semanas después de la boda fui a visitar a mi hermana a Jerusalén. Quería que ella rezara por que esa chica y yo estuviéramos juntos. Así de desesperado estaba. Mi hermana permaneció en silencio durante un minuto y luego me explicó que no podía hacerlo. Porque si rezaba y después esa chica y yo llegábamos a estar juntos, y el estar juntos resultaba ser un infierno, se sentiría terriblemente mal. “Pero rezaré para que algún día conozcas a alguien con quien seas feliz”, dijo, y me regaló una sonrisa que intentaba ser reconfortante. “Rezaré por ti todos los días”. Vi que quería darme un abrazo y que lo lamentaba porque no le estaba permitido, o puede que solo me lo imaginara. Diez años después conocí a mi mujer, y estar con ella sí que me hizo feliz. ¿Quién dijo que las oraciones no tienen respuesta?

Los siete años de abundancia, de Etgar Keret (Siruela), saldrá a la venta el 6 de junio. 160 páginas. 15,95 euros.

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