Hagan juego, muchachos

“Dame PIN”. La frase se pronuncia como un salvoconducto. La repiten, a modo de saludo, los que van a apostar a un local de Moncloa muy cerca de Ciudad Universitaria. Es un hormiguero de estudiantes. El chico que ha preguntado por el PIN es un universitario seriecito. Son las siete de la tarde y acaba de salir de clase. Aquí nadie enseña el DNI para entrar, pero sí para poder meter dinero en las máquinas que registran las apuestas. Los chavales sacan su carné en una ventanilla como de cajero decimonónico y les dan una clave, el PIN. Luego se acercan a una especie de tragaperras de nueva generación, meten el número que les permite jugar y empiezan a echar monedas. Mientras, en las pantallas de sala, las imágenes de fútbol compiten con la carrera desbocada y recurrente de galgos ingleses. Al otro lado, en la barra, sin ganas de beber, se sientan los que esperan para hacer sus pronósticos. Algunos miran libretillas con datos. No solo hay universitarios. También se cuelan menores a pesar de que la ley prohíbe su acceso.

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