Cuando la policía es la investigada

Celso Blanco era un poli con buena fama. Uno de los más conocidos entre la gente de a pie. Mucho más accesible que otros, había sido entrevistado por los medios locales y daba charlas en colegios y centros sociales para que los ciudadanos aprendieran a afrontar un peligro. Era el responsable de prensa y participación ciudadana en la comisaría de la policía nacional de Ourense, instructor de tiro y entrenador policial de defensa personal y artes marciales tan ancestrales como el kobudo. Coleccionaba cinturones negros. Impartía cursos sobre “arrestos de delincuentes violentos” o “asaltos a inmuebles con armas de fuego en situaciones de riesgo” para mejorar la seguridad de las brigadas. Era, según dijo en caliente el Sindicato Unificado de Policía, un “buen compañero”; uno de esos funcionarios policiales que ayudan a crear un buen ambiente en una profesión dura y tantas veces amarga. Un hombre “cordial, alegre, servicial”.

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