Respétate, Ridley Scott

Aseguran que cuando el talento es verdadero no tiene extinción, que puede sufrir crisis pasajeras pero en cualquier momento recobrará su esplendor. No hay duda de Ridley Scott lo posee, aunque lo lamentable es que comenzó su obra en posesión de genio (no es lo mismo que talento) y que, después de realizar sucesivamente tres obras maestras, ese genio se esfumó. Esta teoría es comprobable. Vean o revisen un prodigio estético con fondo enigmático y desasosegante titulado Los duelistas, cine aun más poético que negro como Blade Runner, o esa obra maestra, tensa y escalofriante, denominada Alien, el octavo pasajero, y constatarán que no exagero. Este señor figuraría en los altares de la historia del cine si hubiera cerrado su legado con estas tres extraordinarias películas. Después ha hecho cosas muy meritorias, correctas a secas, aparatosas y huecas, ejercicios marcados por el quiero y no puedo, pero el estado de gracia que conceden los caprichosos o sabios dioses se esfumó hace 35 años.

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