“Va a matarme y no le pasará nada”

Quiero y creo recordar el efecto que nos producía el juicio del jugador de fútbol americano O. J. Simpson cuando veíamos las crónicas de la CNN en 1995. Nada menos que 134 días en los que aunque tan solo fuera por el espacio que ocupaba el asunto en los medios de comunicación estadounidenses daba la sensación de ser un circo. Lo fue. Un circo en directo, así lo definió la fiscal, Marcia Clark, encargada de demostrar que el jugador, uno de los hombres más venerados de América, había asesinado brutalmente a su esposa y a un amigo de esta. A pesar de la evidencia de las pruebas que señalaban su culpabilidad, Simpson fue declarado inocente por un jurado absolutamente encandilado con los argumentos tramposos de la defensa. Han pasado 22 años desde entonces y el tiempo ha convertido a la fiscal que quiso meter entre rejas al deportista en una suerte de heroína. Si el sistema judicial americano mostró lo peor de sí mismo en aquella sentencia absolutoria, con Marcia, la gran perdedora entonces, ha funcionado una especie de justicia poética. Merecía esta mujer que el tiempo la recompensara por todos los sinsabores que le acarreó un juicio que destrozó la vida de aquellos que lucharon por esclarecer la verdad y no jugaron la carta del racismo, que en este caso dejó en libertad a un tipo que le había arrancado la cabeza a su mujer.

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