“¡Malditos vegetarianos!”

“¡Malditos vegetarianos!”. Solía decirlo en un aparte, como en el teatro, plenamente consciente de que mi madre y yo podíamos oírla. A la abuela le encantaba que fuéramos a pasar unos días con ella, pero desde luego no le gustaban nada nuestros requisitos a la hora de comer. Mi padre y mi hermano Max no tenían ningún problema en devorar con fruición sus asados dominicales y sus espesos guisos llenos de carne, pero mi madre y yo le causábamos más molestias. El hecho de que no quisiéramos comer carne la obligaba a cambiar los ritmos y los rituales por los que siempre se había regido en la cocina, por no hablar de su autonomía culinaria.

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