El padre de Nemo tendría que haber cambiado de sexo

“Disney no nos contó la verdad”, revela Fran Saborido Rey, jefe del Grupo de Ecología Pesquera del Instituto de Investigaciones Marinas en Vigo cuando se le pregunta por la auténtica relación familiar de los peces payaso. Es cierto que son monógamos hasta la médula, fieles a su pareja al abrigo de la urticante anémona que a ellos no les pica. Es cierto, también, que la hembra tiene más arrojo y siempre va por delante a la hora de salir de su casa para comprobar si algún peligro acecha. Y es cierto, además, que cualquier mal día puede venir una barracuda y zampársela de un bocado. Pero a partir de ahí el cuento falla. Porque el macho emparejado con la hembra, al constatar durante unas dos semanas de espera que la ausencia de la chica no tiene remedio, empezará a desarrollar sus gónadas femeninas mientras se atrofian hasta desaparecer los testículos. Al mes y medio, Marlin, el padre de Nemo, tendría que haberse convertido en una hembra plena. Y además el individuo juvenil que ocupa con él la anémona, es decir, en este caso el propio Nemo, debería abandonar a toda prisa su mocedad para madurar y transformarse en el macho del matrimonio.

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