Cada vez más niñas esposas en el campo de refugiados sirios de Zaatari

En el distrito seis del campo de refugiados jordano de Zaatari, la familia de Hamda ha reconstruido su propio universo en el interior de un recinto de chapa metálica. A la entrada, el aroma de un rosal casi aturde los sentidos. Los hombres fuman dentro de la tienda. Las mujeres están reunidas en un contenedor blanco amueblado con almohadones y alfombras de colores vivos. Sirven el té y ríen entre ellas mientras cinco niños sucios de polvo corretean. Hamda es la anfitriona; tiene 49 años y es madre de nueve críos. En 2014, padres, hijos, nueras, yernos y nietos huyeron de la zona rural de los alrededores de Damasco para reencontrarse en Zaatari. Es como una ciudad artificial construida en 2012 en el desierto del norte de Jordania que actualmente acoge a unos 80.000 sirios y se ha convertido en el segundo campo de refugiados más grande del mundo después de Dabaab, en Kenia. “Aquí no estamos bien, pero sí mejor que en Siria bajo las bombas”, dice Hamda con la sonrisa de las personas optimistas.

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