El verano en que se rompió la tele

Periódicamente llegaban los deportes a lo bestia: mundial y juegos olímpicos. Eso ya era como ir al zoo, porque eran juegos extraños que no habías visto en tu vida y descubrías por primera vez. Es más, la mayoría luego no los ves nunca en la vida real y por tanto siempre son fenómenos estrictamente virtuales. Si me dijeran que el lanzamiento de martillo no existe, que ha sido un montaje de la CIA como la llegada a la luna me lo podría llegar a creer. Contemplabas intrigado la pértiga, el remo, el voleibol, te asombraba la variedad del mundo. Desentrañabas las reglas, te las tenían que explicar, aprendías qué países eran buenos en algo y cuáles no, preguntabas por qué eran como eran las gimnastas del Este, en fin, los misterios de la vida. También madrugar por primera vez a horas que no sabías que existían, a las cuatro o cinco de la mañana, para ver un partido de baloncesto.

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