Una policíaca en la Transición

Los marqueses, que dormían en habitaciones separadas, fueron asesinados por un arma que entonces se calificó de femenina, quizá porque cabía en un bolso de noche o porque, en lugar de eructar, ge­mía. El marqués recibió el aliento de uno de estos gemidos en la nu­ca; la marquesa necesitó dos: uno en el cuello y otro en la boca. Él era caballero de Malta, Nobleza de Cataluña, Santo Sepulcro y San­to Cáliz de Valencia. Leímos en El País que había acudido a su bo­da vestido con el uniforme de Santo Sepulcro, una excentricidad escatológica. Nunca supimos qué demonios significaban esos raros títulos donde la caballerosidad de Malta se mezclaba con los cálices de Valencia. Quizá se vio obligado a acumular dignidades dispara­tadas para ocultar su condición de consorte. Y es que el tratamien­to de marqués le venía por su esposa, María Lourdes de Urquijo, de la que lo primero que supimos es que mostraba al andar una cojera suave: más que un defecto parecía una nostalgia de pasadas dificul­tades psicomotoras. Era menuda, y tan débil que carecía de fuerzas para abrir algunas puertas de la casa. Además, tenía frecuentes ja­quecas, por lo que hablaba poco, como si el crujido de la mandíbu­la, al batir, atravesara los espacios vacíos de su bóveda craneal con­vertido en el chirrido de una puerta o en el grito de un cuervo.

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