Dar vida y afrontar la muerte

En la víspera del parto, Bai Wange estuvo trabajando duro. Como en una jornada cualquiera. Al anochecer, después de cargar cubos de agua del pozo, lavar la ropa, cuidar el rebaño de cabras, recolectar plantas y frutas silvestres, cortar leña, limpiar la casa, moler sorgo y cocinarlo para su familia, se acostó en el suelo de su humilde cabaña de la aldea sursudanesa de Dangaji, rodeada de sus seis hijos. Se sentía más cansada de lo habitual, pero no quiso darle demasiada importancia. Se fue a dormir pronto para no tener que pensar demasiado en el hambre que le raspaba el estómago.

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