‘Dunkerque’ gusta mucho, pero también mosquea

Lo tiró todo a la arena. El fusil, el equipo, a saber si hasta el casco. Llovían las bombas, arreciaba la batalla. Pero enfrente estaba su hogar, y era lo único que importaba. A los compañeros, que le miraban alucinados, les dijo que iba “a caminar hasta casa”. Cuentan los testigos que el soldado se adentró en el mar, decidido a cruzar los más de 80 kilómetros del canal de la Mancha. Directo hasta Inglaterra. Como él, varios militares intentaron la misma hazaña. Su mente, rota por la guerra, debió de pensar que nadar hacia la muerte era cuando menos mejor que esperarla en la playa. Porque ese parecía el único destino que aguardaba a los 400.000 miembros de la Fuerza Expedicionaria Británica atrapados en Dunkerque en mayo de 1940. Enviados a salvar a Francia del avance nazi, acabaron arrinconados por los alemanes en la costa norte del país. A sus espaldas, el enemigo, dispuesto a masacrarlos. Por delante, solo olas. En el horizonte, su patria. Tan cerca, tan lejos.

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