Un coloso y la más frágil de las mujeres

Cuando llegué al hospital ya estaba en coma. Su hijo Carolo me recibió con un abrazo de esos que reconfortan y duelen, porque te estrujan el alma. Entramos directamente a verla. Es difícil sobreponerse a la pena, pero es más fuerte el terror, el miedo que te invade al comprobar que es verdad, que esa persona que ha construido tu vida se está yendo para siempre. “Hay que hablar con los que están en coma: te escuchan”, tenía eso en la cabeza, dándome vueltas. ¿Qué podía decir para que volviera con nosotros? ¿Que me es imposible vivir sin ella? ¿Decirle todo lo que significaba para mí? No le hubiera gustado nada.

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