Putin, el domador del alma rusa

Hasta los 40 años era más bien un don nadie, un espía de segunda, el hijo de un humilde ferroviario comunista. Ahora avanza muy seguro deslizando sus espolones de gallo por una alfombra roja a lo largo de los fastuosos salones del Kremlin, rodeado de oro por todas partes, bajo el caudal de luz de mil lámparas y espejos, los mismos que reflejaron el antiguo esplendor de los zares. Es Vladímir Putin, de 1,70 de estatura, músculos de gimnasio, pómulos muy eslavos, que cobijan unos ojos de hielo.

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